viernes, mayo 17, 2013

El último triple de Alberto Herreros




Herreros se fue del Estudiantes con una maldición sobre los hombros y una canción que le perseguía en cada derbi: “¿Y los trofeos, Alberto, y los trofeos?”. Nos hemos acostumbrado a los tiempos felices: 12 años de medallas de oro, plata y bronce, jugadores descomunales en todas las posiciones, anillos NBA, finales olímpicas… pero si alguien sostuvo el baloncesto español desde la marcha de Epi hasta la llegada de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, ese fue Alberto Herreros, un escolta a la vieja usanza que solo entendía del tiro desde cualquier posición, un tiro fluido, casi perfecto, que podía ensayar desde cuatro metros tras parada en dos tiempos, desde cinco a la salida de bloqueo o desde lo alto de la zona, triples frontales que acababan irremediablemente dentro del aro contrario.

Para la afición del Estudiantes, Herreros lo era todo. El gran ídolo. Era Casillas y Diego López juntos. Mourinho y Valdano. “Alberto, un templo para seguir tu ejemplo”, le cantaba la Demencia mientras Alberto se cansaba de que pasaran los años, los pagos se retrasaran y los títulos no llegaran nunca, solo una Copa del Rey en 1992 y una sucesión de semifinales invariablemente perdidas ante Real Madrid y Barcelona. Su fichaje por el club blanco, en 1996, fue traumático, absolutamente traumático y el odio se multiplicó, un odio visceral mostrado partido a partido mientras el de Fuencarral intentaba acomodarse a su nuevo equipo, con Arlauckas, Bodiroga y compañía. Acostumbrarse a ser la tercera o cuarta opción en el ataque y ser señalado como un lunar en defensa.

Los primeros años de Herreros en el Madrid no fueron felices en cuanto a resultados: ganó una Recopa nada más llegar ante un rival menor y pasó tres años en blanco hasta que en 2000, junto a Sergio Scariolo y su inseparable Alberto Angulo logró su primer título de liga tras 12 temporadas de profesional en aquel quinto partido jugado en el Palau Blaugrana con Djordjevic como estrella. Herreros se acostumbró a ser uno más en el Madrid, el hombre al que recurrir cuando la estrella de turno se borraba, y a deslumbrar cada verano con la selección, siendo máximo anotador de varios Europeos y consiguiendo la medalla de plata en 1999 y en 2003, ya con 34 años.

Sin embargo, los problemas de Alberto, probablemente el mejor tirador que he visto en mi vida, tenían que ver con su compromiso defensivo o, más que con su compromiso, pues eso parece implicar que no le apetecía defender, tenían que ver con su capacidad para la defensa, un talento que se tiene o no, como otro cualquiera y que a jugadores como Navarro les ha costado años y años perfeccionar sin terminar de conseguirlo del todo. Su estigma como mal defensor fue probablemente lo que hizo que el propio Scariolo le despidiera de mala manera en 2002, cuando inició una purga en el vestuario que acabó con el propio entrenador como máximo perjudicado.

Me atrevería a decir que el peor momento de la carrera de Herreros no fue ese sino el 13 de abril de 2004, cuando su equipo intentaba romper otros cuatro años en blanco —valga la redundancia— frente al asequible Hapoel de Jerusalén. El Real Madrid no solo perdió sin discusión posible sino que el entrenador israelí Sharon Drucker le clavó una puya a Alberto que le dejaba en ridículo ante todo el baloncesto europeo: “Nuestra táctica en ataque era simple: darle el balón al jugador que defendiera Alberto Herreros”, dijo Drucker ante la rabia del de Fuencarral, con un punto de mal estilo que podía haberse ahorrado.


Puedes leer el artículo completo sobre el triple de Alberto Herreros en el quinto partido de la final de 2005 contra el Tau en la revista JotDown dentro de la sección "El último baile"

jueves, mayo 16, 2013

Pla, Fallarás y compañía


Primera mañana libre desde que llegué a Planetario hace casi ocho meses. No exagero. Primera mañana libre, sin compromisos, sin tener que ver a nadie, comer con nadie, entregar artículos, redactar guiones para programas de radio, editar para revistas, escribir libros... Nada en la agenda, una raya como todo destino. Eso será hasta las 16,15 que iré al trabajo. Por si les consuela, mi día acabará a las 3 de la mañana en la COPE después de hablar de el hombre que casi mató a Ronald Reagan.

Lo primero que siento, a eso de las 9, es un cierto malestar, una angustia del tiempo vacío. Mientras desayuno, me encuentro en La Otra con una reposición de "Colegio mayor" que resulta ser el mejor ansiolítico. Jorge Sanz y Lola Baldrich a sus veintipocos, Quique San Francisco de eterno opositor, Antonio Resines de director del Baroja-Siempre-Moja, Ernesto Alterio con greñas de estudiante y Achero Mañas haciendo de guarrete que se quiere ligar a Cayetana Guillén-Cuervo. Qué felicidad la de los primeros noventa en Telemadrid, qué continuidad de la burbuja ochentera, qué camisas. "Colegio mayor" era una mezcla de "Salvados por la campana" y "Parker Lewis Nunca Pierde" pero a lo castizo, a lo billares y picarescas, es decir, mejor.

El problema es que la serie acaba demasiado pronto y son las 10 y no tengo mucho que hacer así que me tumbo a leer el libro de Pla sobre Madrid que acaba de publicar Libros del K.O. A mí, con Libros del K.O. me pasa como a Borges con Matilde Urbach, que nunca desfalleció en mi abrazo del oso pese a las reuniones, los flirteos, las proposiciones siempre a punto de ser aceptadas... Yo no digo que no quiera publicar donde publico ni que no quiera publicar en Mondadori, Anagrama, Alpha Decay o Blackie Books. Claro que quiero. Están las cosas como para pedir. Pero no publicar en Libros del K.O. ni en Páginas de Espuma me mata, la verdad. Lentamente. Como su canción.

En fin, que hojeo a Pla y su ironía. Estas Navidades, en San Vicente de la Barquera, aproveché para devorar su libro sobre la llegada de la República a Madrid. Una joya. Lo bueno de Pla es que pones frases sueltas en Twitter y Manuel Jabois te las completa. Es ese tipo de escritor de filias irredentas y supongo que es una ventaja que aún tenga que descubrirlo, igual que un amigo decía en mi cumpleaños que tenía toda la suerte del mundo porque me acabaran de regalar "Cosas que los nietos deberían saber", de Mark Oliver Everett. Que me regalen libros me parece precioso. Arriesgado, pero precioso. Nada me hace más ilusión, salvo quizás un iPad.

Hablando de libros, antes de Pla estuvo Cristina Fallarás. Compré su "A la puta calle" con cierto recelo porque no me gustan los dramatismos ni las plañideras. Lo asombroso de Cristina es que no caiga nunca en ese lloriqueo de "Diario de Patricia". Al contrario, Fallarás es fuerte y tiene razón en argumentar que hace falta una narrativa "dura" sobre el paro, la ruina y el desahucio. Una narrativa que no parta del "pobrecito yo". Me es difícil hablar sobre el libro porque yo he trabajado estos años con Cris en Factual y he trabajado con Cris en Sigueleyendo, así que en parte he sido cómplice de sus desdichas y uno pasa las páginas buscándose, pero encontrándose solo a medias.

A mí no me gusta la narrativa llorona, ya lo he dicho, pero sí me gusta la narrativa con sangre, por variar un poco del cinismo este para el que todo tiene una explicación en un artículo o una cita rimbombante. La narrativa que dice "no, no, no, yo no soy narrativa, yo soy ley y progreso". Me gusta la gente viva -"compañeros de viaje busco, pero compañeros vivos", decía Zaratustra- y por eso "A la puta calle" me interesa y me parece recomendable, por su mezcla de universalidad y privacidad. La paciencia de ponerse como ejemplo. No es un libro de imperativos, además, y eso de verdad se agradece. No nos dice "Indignaos" ni "Reaccionad" ni "Comprometeos" ni "Abrigaos".

Y Fallarás escribe muy bien, eso está fuera de toda duda. El libro resulta algo inconexo a veces por la mezcla de artículos y reflexiones, pero la escritura es irreprochable.

En cualquier caso, nada de eso me ha levantado del sofá para llevarme al ordenador sino que ha sido de nuevo el recuerdo de mi cumpleaños, ya dos días atrás y que cada vez se irá perdiendo más y más en el horizonte. Es una mezcla entre recuerdo y reflexión: es raro que te feliciten unas 50-60 personas y solo te llamen cinco o seis al teléfono. En eso los tiempos cambian y a mí me parece una pena. No se crean: yo hago lo mismo. Me ahorro la llamada y dejo un mensaje en Facebook. Es triste. Cuando decidimos ahorrar el tiempo que dedicaríamos a hablar con nuestros amigos en el que se supone que es su día más especial, es triste. Lo hacemos todos y cada vez lo hacemos más.

Como contrapunto, queda la imagen pasada de la verbena del Claret. Un año, puede que 1994, puede que 1995, celebramos el cumpleaños en casa de mi madre y bajamos a la verbena para acabar la fiesta y bailar Jon Sedaca. Pienso en lo lejos que han quedado el Claret y las verbenas de mi vida, incluso de mis cumpleaños. De nuevo, una pequeña nostalgia. Nostalgia del Ramiro de Maeztu. Es raro pero a mi boda irán tres personas que conocí en el Willoughby y solo una que conocí en el Ramiro. Es raro y también me da pena -todo me da pena, es jueves- porque me da la sensación de que una boda casi debería ser como esas coronaciones en las que cada familia real manda a su representante y en la mía me gustaría tener a "el/la enviado/a del Ramiro de Maeztu" presentando sus credenciales y así sucesivamente con todos los lugares, toda la gente que ha sido importante en mi vida, incluso aquella con la que perdí contacto hace muchos años y llegamos a odiarnos, porque la complicidad que existe entre dos personas que se odian no se encontrará jamás en ninguna relación de amistad.

Más que nada porque a un amigo temes perderlo.

miércoles, mayo 15, 2013

Porque nosotros llevamos el fuego


Mi padre aparece en la fotocopia de una entrevista para un periódico local de Santander. Su foto encabeza el texto, fechado en marzo de 2001, es decir, cuando aún tenía 46 años. Para hacerse a la idea de lo joven que murió mi padre hay que irse a las distancias medianas, pensar que en esa entrevista, ya empezado el nuevo siglo, tenía solo diez años más de los que yo cumplí ayer.

En la foto, papá tiene su característico pelo largo y su barba ya canosa con un aire a ruso anarquista del siglo XIX. Me sorprende su capacidad para posar, una capacidad que yo desconocía. Mi padre siempre se alejó de cualquier cosa parecida a la fama y hacía bien. Nunca quiso ser jefe de nada, no quiso tener más responsabilidades de las necesarias, sus apariciones públicas eran fugaces y tenían que ver con cursos de física y meteorología. Al parecer, en Santander le llamaban "Javi Chubascos". Creo que me suena el apodo pero muy vagamente, como si hubiera querido olvidarlo y no lo hubiera conseguido del todo.

Cuando le enseño la fotocopia, la Chica Diploma se sorprende de lo mucho que se parece a mí. Tiene razón. Los ojos y algo del gesto, solo que yo no podría fingir tanta calma para un periódico. Yo me pondría a lanzar fuegos artificiales al instante y quedaría como un exaltado. Mi padre, en cambio, sostiene su cigarro y se esconde en su pelo con ese punto bogartiano de "que nada ni nadie me moleste nunca más".

Javi Chubascos.

Es el día después del cumpleaños y en la línea 6 hay retrasos de hasta 28 minutos de reloj en los andenes. No tengo la posibilidad de echar de menos a mi padre en el día a día porque mi padre no existía en el día a día. Ni en 2001 ni en 2012. Existía en mis cumpleaños, eso sí, año tras año: la llamada de rigor a principios de mayo para anunciarme la fecha exacta de su llegada a Madrid y la comida con la abuela el mismo día 14 o el día 15, si no conseguíamos cuadrar la cita.

Por eso mismo hoy es un día duro, porque la muerte significa que ya no habrá más llamadas ni más citas ni más comidas y 36 años son muy pocos para resignarse a eso. Después de todo, puede que no fuera un gran padre pero era un padre y un padre, ya saben, es mejor que la tristeza.

El cumpleaños, por lo demás, fue maravilloso. Una amiga me felicitó por estar "en la cresta de la ola" y a mí me dio mi tradicional ataque de pánico. Si algo he heredado de mi padre es mi desprecio absoluto por estar "en la cresta de la ola". El problema es que no he heredado sus defensas ni su naturalidad ni he conseguido jamás ser consecuente con ese desprecio, es decir, que me paso la vida intentando hacer cosas maravillosas que todo el mundo admire para después, cada vez que me acerco, decir: "No, si a mí todo esto en realidad me da igual" y decirlo sin falsas modestias porque yo lo que quiero, como decía Nudozurdo, es que me quieran. Punto. Y supongo que escribir libros o artículos es una manera como otra cualquiera de hacerte con esa fantasía pero lo que cuenta, lo que realmente cuenta es que luego tus amigos llenen la Petisqueira por ti.

Amigos que no escriben, que no publican, que no pretenden estar en la cresta de la ola y que como mucho, de vez en cuando, ganan Biznagas de Plata, pero obviamente esa no es la razón por la que están ahí.

Así que, en esas estamos, tratando de ser el desconocido más conocido del país, que, si uno lo piensa, es justamente lo que me diferencia de mi padre, un desconocido pura sangre, sin matices, cuando un comentario en Twitter me recuerda de repente aquel libro de Cormac McCarthy en el que cada vez que el hijo le preguntaba al padre por qué había que hacer bien las cosas, el padre le contestaba: "Porque nosotros llevamos el fuego" y pienso que quizás eso fue lo que a mi padre le faltó decirme en su momento, que lo realmente importante en una relación paterno-filial es sentar a tu hijo en el sofá y explicarle las cosas con esas mismas palabras: "Nosotros llevamos el fuego", y que tu hijo entienda, que no debe de ser tan fácil.

Solo que yo sí hubiera entendido, o creo que lo hubiera entendido porque de verdad creo que la única posición moral aceptable es la de asumir que el fuego solo lo podemos llevar nosotros y que si no se extinguirá para siempre -"solo quiero ser una buena persona", decía mi padre, borracho, de madrugada, presumiblemente avergonzado- y vivir con ello, al margen de los arribas y los abajos y la dignísima gente rastrera. Llevar el fuego. Hasta el final. Como en la novela, en la que, lógicamente, el padre muere pero el hijo sigue. Solo porque hay que seguir. Y punto.

lunes, mayo 13, 2013

Aún nos queda Saza




Hace aproximadamente un año fundé una revista digital en la que pretendíamos salirnos de las entrevistas típicas —como todo el mundo y por eso todo el mundo acaba entrevistando a los mismos- y el primer elegido en mi lista fue don José Sazatornil, “Saza”. Reconocerán que como elección tiene un punto excéntrico porque los chicos de 35 años solemos ser bastante soberbios a la hora de reconocer los valores de los ancianos de 86, pero para mí Saza era un icono, un hombre siempre a la sombra y siempre eficaz. Suficientemente conocido pero sin heroísmos, por favor.

El hombre que a mí en algún momento me gustaría ser.

Las conversaciones llegaron lejos: hablé con la mujer y con la hija. Por un momento pareció que la entrevista se llevaría a cabo pero al final se cayó. Saza estaba un poco pocho, nada grave según las conversaciones, pero lo suficiente como para aplazar esta clase de compromisos. “Está como loco por volver a la profesión”, decía su mujer. A mí me enternece cómo toda esa generación hablaba y habla de “la profesión” y lo echo de menos en los más jóvenes, más preocupados por la siguiente portada en Fotogramas o el casting para otra serie horrible en la que los protagonistas pasan del balbuceo tartamudo al grito para aparentar naturalidad.

Saza, como actor, siempre ha huido de la naturalidad, con ese hablar engolado y exagerado y esas caras venidas del teatro, que recordaban al “señoriítoooo” de Fernando Fernán-Gómez en “El viaje a ninguna parte”. Saza no buscaba la naturalidad porque sabía que era un actor, un cómico, y no el lechero. Saza, durante años combinando el cine y las variedades. Saza de secundario en “El Verdugo” y después de amigo libidinoso en la sucesión de películas del destape para acabar como el señor Canivell en “La escopeta nacional”, de nuevo con Berlanga. El señor Canivell era España y lo sigue siendo. Cacerías y ministros. Concesiones y sobres bajo cuerda.

Después, “Amanece que no es poco”. Solo con Canivell y aquel cabo de la Guardia Civil que sentía verdadera devoción por “Fulkner” ya su carrera estaría justificada, pero obviamente no queda ahí. Quizá nadie le haya tomado en serio. No lo sé. Su mujer estaba muy contenta cuando hablamos: “Le están haciendo muchos homenajes y él los disfruta mucho”. Quizá sea hora de hacerle uno más, uno de verdad, no sé si un Goya de honor o qué, pero ya está bien de mirar hacia atrás cuando se va una parte de nuestro cine y seguir ignorando a los que siguen vivos.

Ha pasado un año de aquellas charlas con la familia de Saza. Me dijeron que me llamarían cuando se dieran las circunstancias pero obviamente no se han dado. Saza tiene 87 años, pronto cumplirá 88, y a mí me gustaría que se le reconociera, ahora que se ha quedado prácticamente solo dentro de su generación, pero tampoco quiero verle sufrir como Alfredo Landa en aquella ceremonia de los Goya, el anticipo de los múltiples accidentes cerebrales que tendría después. Por eso no he insistido. Por eso hasta el jueves, cuando leí la muerte del propio Landa y sentí que algo mío se iba o, aún peor, que algo que había heredado se iba, algo que fue de mis abuelos y de mis padres antes que mío, no me acordé de él.

“Se han ido todos, se están yendo todos”, pensé mientras veía aquel refrito de escenas con López Vázquez, Alexandre, Ozores, Fernán Gómez, Juanjo Menéndez… Películas de Azcona y de Berlanga. Ilustraciones de Mingote. Chistes de Tip y Coll. Disparates de Cassen, de Gómez Bur. “Se han ido todos”, pensé antes de acordarme de Sazatornil, del gran Sazatornil con su bigotito y su sonrisa enorme. Hay que recuperar a Sazatornil ahora que aún hay tiempo. Si es que Sazatornil quiere, claro. No hay mayor homenaje a los muertos que recordar a sus compañeros vivos.

Artículo publicado originalmente en el diario El Imparcial, dentro de la sección "La zona sucia".

domingo, mayo 12, 2013

El 15-M fue el 15-M


El 15-M fue eso: el 15-M. 15 de mayo de 2011. Una manifestación que deriva en Sol con algunos incidentes aislados, no demasiado numerosa y tras la cual algunos organizadores y manifestantes deciden quedarse a pasar la noche en forma de protesta por sus compañeros detenidos. Y cuando les echan, vuelven al día siguiente. Y cuando vuelven a echarles, vuelven por tercer día y empiezan a dar esa sensación de que no tienen nada que perder y eso ya es algo extraño. Para mi generación es extraño porque siempre hemos estado obsesionados con lo que teníamos que perder sin darnos cuenta de que básicamente lo que teníamos que perder era lo de nuestros padres, porque nosotros teníamos más bien poco.

Así que a la tercera noche, ya no se quedan unos cuantos locos a protestar por nada concreto sino que nos quedamos varios cientos de personas para hablar. Esto suena raro dos años después, pero fue así. Nos quedamos a hablar, a repartirnos en grupos y debatir sobre lo que nos estaba pasando. No éramos perroflautas, claro que no, éramos la clase media de este país, los hijos de la clase media de este país que se venía abajo. Éramos los licenciados, los doctorados, los chicos de los fines de semana en la Sierra, los que si hubiéramos vivido veinte o treinta años atrás, seríamos unos pijos, pero ahora no lo somos. Y nos jode. Porque no es que no tengamos para una segunda residencia es que no tenemos para una primera y no es que nos vaya a costar buscarle una educación a nuestros hijos es que nos costaría incluso darles de comer.

Por eso no tenemos. O lo retrasamos todo hasta el último momento, hasta los 30, los 35, casi los 40, cuando casi ya no hay marcha atrás.

Y ahí, hablando, te dabas cuenta de que no estabas solo y era una novedad porque el mensaje que habías mamado desde los 17 años, desde la primera ETT, era "da gracias por las migajas". Ese era el mensaje en todos lados o así lo interpretábamos, y ahí estábamos nosotros, de repente: sin preguntar a nadie qué votaba o cuál era su ideología, más bien hablando de que esto no podía seguir así y que tendrían que escucharnos. Primero nosotros, el uno al otro. Luego los demás... Y lo sorprendente es que lo hicieron. Les costó una barbaridad, porque los medios de comunicación, los políticos, la opinión pública vive de no escuchar. Si escucharan no podrían repetir todo el rato el mismo discurso porque sabrían que ya lo ha dicho alguien antes y no podrían elogiar o condenar en 59 segundos, que es lo que la televisión pública considera el tiempo máximo para discutir con sentido sobre un tema.

Estábamos en la puta calle, que diría Fallarás, y nos gustaba. Nos gustaba la idea de estar en la puta calle, precisamente porque no habíamos estado nunca. Por supuesto que la acampada del 15-M (cuando yo hablo del 15-M hablo de la acampada de Sol y otros hablarán de la de Plaza de Cataluña o la que sea, no hago más metafísica) no era revolucionaria. Era de todo menos revolucionaria. La mayoría queríamos volver a lo de antes, a nuestra vida feliz llena de promesas y recompensas: estudio-carrera-trabajo-sueldo digno-matrimonio-primera casa-primer hijo- segundo hijo-segunda casa- jubilación dorada en Marina D´or, qué guay.

El 15-M fue una terapia de grupo en la que por primera vez los antisistema nos escuchaban a los burgueses y los burgueses escuchábamos a los antisistema y, ¿saben una cosa? Nos gustaba. Si íbamos a Sol todas las mañanas, todas las tardes, no era para abatir el sistema, acabar con las libertades, utilizar técnicas etarras... si íbamos a Sol era porque nos divertíamos. Sí, nos divertíamos, la palabra prohibida porque remite a los 60 y te aleja de la teoría política. Digámoslo claro: en Sol nos divertíamos, la gente era ingeniosa, inteligente, te sentías importante. Necesitábamos sentirnos importante y copar portadas porque nunca lo habíamos hecho, como mucho habíamos trabajado de becarios en el periódico que sacaba esa portada, donde un sesudo analista intentaba descifrar lo que estaba pasando sin enterarse de nada.

Era maravilloso ver que no se enteraban de nada. Una satisfacción enorme. Nadie sabía lo que estábamos haciendo porque nosotros no lo sabíamos y todo el mundo gritaba: "¡Hay que saber lo que estamos haciendo, hay que redactar manifiestos, hay que formar partidos políticos!" pero eso no tenía sentido porque si estábamos en Sol era precisamente porque no se podían formar partidos políticos. Porque no puedo formar un partido político sin un apoyo económico descomunal que nadie me va a dar y sin presencia en medios. Porque no puedo entrar en un partido político y esperar que me escuchen sin más, eso no funciona así. No digo que me hagan caso, digo que me escuchen. ¿En qué partido me escucharían, desde dónde podríamos canalizar la rabia, como pedían?

Así que la rabia se canalizó en la estética. Si el 15-M gustó fue porque fue una cosa bonita. Así de sencillo. Chicos y chicas guapas, jóvenes, de repente felices, que no molestaban a nadie. Tiendas Quechua y fotógrafos con películas en blanco y negro. Era bonito, divertido y excitante. Recuerdo a mi padre paseando con su carpeta, recién salido del logopeda tras su ictus, con cara de perdido y de emocionado a la vez, buscando sin duda la revolución que él había querido encabezar 40 años antes... pero sin encontrarla, claro, porque, insisto, no había revolución. La revolución era simplemente la sorpresa, la sorpresa de que contáramos para alguien, de que Arcadi Espada tuviera que molestarse en dedicarnos una columnita displicente y acusarnos de llorones, que Sostres tuviera que dejar de comer por un momento para insultarnos desde su púlpito. Al menos les dimos un poco de guerra. Estuvo bien.

A mí, por ejemplo, me vino de maravilla. Yo lloraba hablando del 15-M como lloré de post-adolescente leyendo "El Principito" y aquí les doy la oportunidad de que digan "ah, es el típico sensiblero de lloro-con-el-principito-y-coloco-claveles-en-los-tanques". Pero no. Yo soy frío. Y racional. Y calculador. Y mi estética ni siquiera era la suya, pero, insisto, me divertía, y trataba de explicarla e  incluso me reuní con Ymelda Navajo para publicar un libro pero supongo que no le gustó el enfoque del libro o adelantó que el 15-M no era un movimiento de libros, que no era un movimiento siquiera, era algo más bien estático, de asamblea siempre bloqueada, una terapia de grupo diaria que se agotaba en sí misma pero que no por eso dejaba de ser eficaz.

Uno no va al psicólogo con la esperanza de tener que ir el resto de su vida. No. Uno va al psicólogo con la esperanza de no tener que volver, de ser capaz de canalizar sus frustraciones y sus miedos a su manera. Va para ganar seguridad, para afrontar de manera individual los retos que van apareciendo. Eso fue para mí el 15-M y no sé lo que fue para los demás. Fue un tratamiento, un tratamiento maravilloso. Pero para que tenga sentido tiene que quedar atrás, tiene que seguir cumpliendo su función como método y no como recurso constante. El valor de hacer las cosas, el valor de escucharse, el valor de aprender, el valor de desafiar en su justa medida. Es curioso porque, para muchos, el 15-M fue poco menos que una muestra de vandalismo pero para mí era algo kantiano, ilustrado. Sapere aude. Y juzgarlo por sus resultados, como si fuera un entrenador de moda, por sus descendientes, por sus cambios, por su revolución, es absurdo y frustrante, nos devuelve al 14-M, al día que cumplí 34 años. Es lo mismo que hacen ellos cuando deciden si un país funciona bien o mal por los datos de su macroeconomía y no por las necesidades de sus ciudadanos.

El 15-M ya no existe. Pasó. Pero nosotros sí seguimos ahí y podemos hacer por cambiar las cosas si creemos que merece la pena. Con cuidado, porque esa tentación del "nosotros", de la tribu, es fuerte, pero un "nosotros" sin un "yo" no es precisamente una revolución, es un partido político. Dejémonos de metafísicas y recordemos con cariño. Y a partir del cariño, de la experiencia, intentémoslo. Como podáis. O al menos mirémonos al espejo cada mañana con orgullo, eso es todo. All hail to the thief, but I´m not, de eso se trata.

Uno no puede dejar escrito: "Dormíamos. Despertamos" y seguir viviendo pendiente del despertador, así que habrá que hacerlo solos. Sin eslogans. Sin banderas. No nos vamos.

Si quieres leer más sobre el 15-M, puedes comprar por un euro mi libro "Del 15-M al 13-J, 29 días de Spanish Revolution", publicado por Sigueleyendo, en este enlace.

viernes, mayo 10, 2013

Guille Melancólico


Al Guille Enfurecido le sigue el Guille Melancólico. Es el ciclo de la vida, nada de lo que alarmarse. Un Guille Melancólico que se arrastra por la calle para comer con Fer Cabezas y ser el peor compañero posible de mesa: un compañero abúlico, perdido, agotado, que se traba con las palabras o las olvida. Un Guille Autocomplaciente. A mi alrededor, el Guille Autocomplaciente no gusta y eso yo lo sé, pero qué remedio queda, de vez en cuando habrá que sacarlo a pasear porque si no uno tendría que acabar poniendo un anuncio en el periódico que ponga: "Hola, mi padre se ha muerto y he entrado en una depresión de caballo, ¿alguien que se anime a hablar de ello conmigo?" Y, claro, me resultaría carísimo. Más incluso que el psicólogo.

Así que Guille Melancólico repite tres veces a su amigo que le va a ver el martes cuando le va a ver el domingo y da la siguiente clase como puede y luego pasea por Malasaña hasta Sol, por Sol hasta Atocha y espera a la Chica Diploma para dar un paseo por el Barrio de las Letras temerosos de las nubes negras, una enorme nube negra en forma de metáfora demasiado manida. Nos metemos en el bar donde estuvimos la primera vez que salimos juntos a tomar algo después de besarnos en mi casa. No ha sido nada preconcebido: los dos hablábamos por teléfono sobre pequeñas miserias y de repente el bar se apareció en el cruce de la calle Santa María con Moratín. Yo fui a sentarme en la misma mesa pero la Chica Diploma fue más lista y me llevó a otro rincón, porque las relaciones que se sienten seguras en las repeticiones se estancan con facilidad y necesariamente empiezan a oler mal.

Es un momento agradable, un momento poco Enfurecido, poco Melancólico, poco Autocomplaciente. Calculamos fotos y cartulinas y una vez pagada la Coca Cola y el Trinaté volvemos a Atocha y bajamos por Méndez Álvaro, un paseo más largo y más feo que el de Delicias pero que, de nuevo, supone un cambio que aleja de la rutina. Conviene aclarar que ya no estoy ausente sino solamente un poco perdido. Cinco días para los 36 años.. En la tele, un aspirante a propietario de un bar habla del dinero que consiguió para montar el local y la fe que tuvo su familia en él. En determinados campos, o tienes fe, o tienes familia con dinero que tenga fe en ti.

Hace seis años, empecé una serie de reportajes que se llamaba "El talento y el valor". Yo presumía de valor más que de talento y busqué con mayor o menor éxito otros artistas que cumplieran ambos requisitos. Mi frase de moda era "Conozco gente que ha triunfado sin tener talento pero a nadie que haya triunfado sin tener valor". Pues bien, yo ya no tengo valor. Es triste y probablemente sea circunstancial porque el valor, como Capello, va y viene, pero ni tengo valor ni siento ninguna fe a mi alrededor y si tengo algo de dinero es simplemente porque no tengo padre y reconocerán que es una condición algo perversa. Queda por saber si al menos tengo talento, pero con "oficio", a estas alturas me vale.

Es una de las cosas que no le explico a la Chica Diploma, yo creo que por pudor: que aparte de todo lo demás: de la muerte, de la dignísima gente rastrera, de las incompetencias, de una cierta necesidad de mimos, muchos mimos... está la lucha constante por abrirse hueco en un mundo que requiere muchas llamadas, muchas esperas y mucho empeño para conseguir muy pocos resultados. Y para todo eso se necesita el valor de luchar, de no rendirte, de pelear y estar donde hay que estar y hablar con la gente correcta y yo, que nunca he servido para eso, ahora mismo no puedo ni planteármelo. No puedo plantearme nada más allá de ir a la COPE de madrugada y hablar con Lartaun de Azumendi de presidentes asesinados en los Estados Unidos y la conocida retahila de casualidades entre el asesino de Kennedy y el de Lincoln sin olvidar otras casualidades que tienen que ver con Garfield y McKinley, los dos olvidados.

Lo que debería quedar de todo esto son precisamente los programas de la COPE, los artículos de JotDown, las columnas de El Imparcial, los reportajes y entrevistas para UNFOLLOW y la conciencia de que todo se hizo bien, quizá no tan bien como para ganarse la vida pero que se hizo bien, que fue un gran trabajo, que puedo estar orgulloso y dormir tranquilo por la noche, cosa que no consigo porque al llegar a casa me pongo con mi iPad a mirar todo tipo de absurdeces, en general vídeos de Alfredo Landa en los Goya, muertes de Dalí e incluso goles de Iniesta en el minuto 116, todo con tal de retrasar el sueño, que al final, como es natural con este agotamiento, acaba llegando.

miércoles, mayo 08, 2013

Dignísima gente rastrera





Pienso en Guille Enfurecido, en la tentación de Guille Enfurecido, un Guille que se dedicara a saldar cuentas. No a hacer justicia, que eso es de otra novela, me refiero simplemente a saldar cuentas, ajustarlas, que diría el periódico. Pienso en la gente rastrera, en la dignísima gente rastrera que compite con la incompetente y la que no entiende nada. Pienso en la gente desaparecida. Pienso en mi padre, hoy le explicaba a mi psicólogo el sueño de la semana pasada, un sueño que nadie entendió, que a nadie pareció importarle, quizás, solamente, a su esposa: él estaba en una habitación pero no era una habitación era algo así como un purgatorio, un lugar de paso hacia otra cosa. Nada apuntaba a que las cosas le fueran mal. Él sabía que estaba muerto y yo sabía que estaba soñando y los dos intuíamos-sin heroísmos, por favor- que nos íbamos a llevar bien a partir de ahora.

Fue un sueño bonito. Me gusta soñar con los muertos porque es todo lo que queda, porque no hay nada por la mañana que me diga "eso no fue real, lo real es...". No, lo real no es nada porque la persona ya no existe. Nadie me puede decir que no abracé a mi padre o que no nos sonreímos o que no tenía un poco más de pelo y una cierta serenidad, el alivio de que lo peor había pasado. Absolutamente nadie. Con mi abuela era distinto porque mi abuela no sabía que estaba muerta y en mis sueños aparecía como mínimo confusa, fuera de lugar y era yo el que tenía que decirle: "Abuelita, te quiero mucho, pero estás muerta, tienes que irte, aquí no pintas nada, en serio, todo irá bien, puedes descansar ya", pero no parecía convencida, como si yo -y no solo yo- fuera a estar completamente perdido sin ella, cosa en la que quizá tuviera razón pero no iba a andar comiéndole la cabeza a esas alturas.

No, la cabeza me la como yo y temo el estallido. Yo acumulo y estallo. Pienso en la diferencia entre dar gracias, recibirlas, pedir perdón y perdonar. Qué es más fácil y qué es más difícil. Lo pienso en la estación de Nuevos Ministerios porque he dado un rodeo tremendo: media hora de lectura en un bar, autobús hasta la línea 6, de ahí, algo mareado. La gente rastrera. La dignísima gente rastrera en mi cabeza y un anciano sentado en un banco frente a los abandonados mostradores que iban a llevar las maletas directamente a Barajas sin necesidad de que el viajero las llevara hasta ninguna terminal. El invento del siglo que queda pocos años después en una sucesión de nadas, unas nadas sin sintonía alguna con el lugar, una parada de metro en medio de la Castellana, eso es todo, y ahí el anciano dentro de su propio limbo, del vestíbulo vacío, nada por delante, nada por detrás.

Así, Guille Enfurecido se sube al tren y sigue leyendo "Perdida", un libro que le tiene enganchado y cabreado a la vez. Probablemente el éxito del libro se deba precisamente a que te cabrea, a lo completamente inverosímil que resulta continuamente, a las ganas de ver qué se va a inventar la escritora a continuación. Cuando un libro te parece una chorrada enorme, pero te has leído 400 páginas en dos días, ¿qué valoración debes hacer? Una valoración esquizofrénica, una valoración que hace que te cabrees contigo mismo tanto como con el libro, una mezcla de "¿Qué cojones haces leyendo esto, no hay quien se lo crea, está mal escrito y no tiene ningún sentido?" y de "Bueno, a ver qué pasa en el siguiente capítulo, a ver si le pillan a este hombre de una vez".

La vida.

Guille Enfurecido en Planetario, por fin. Principio y final de todas las cosas. Yo no iba a escribir sobre esto, yo iba a escribir sobre el día en que volví de París y la Chica Langosta se sentaba a mi lado en el patio del Ramiro de Maeztu. Teníamos 18 años y nos llevábamos razonablemente bien. Yo creo que hubo un momento en el que de verdad nos entendimos y puede que fuera ese, en el ocaso de la adolescencia. El caso es que yo había ido a París pero ella había ido a un concierto de Veruca Salt. Por entonces, la música era todo y cuando digo "todo" quiero decir "todo", sin matices. Recuerdo casi cada disco que me compré entre los 16 y los 19 años y las conversaciones de instituto que provocaron.

A la Chica Langosta le gustaba Veruca Salt y a mí me apasionaba la Chica Langosta. Le grababa discos inéditos de los Pixies que había comprado en tiendas pirata de la calle Luna. La conexión era esa: Pixies-Breeders-Amps-Veruca Salt. Una colección de bajistas femeninas. Discutíamos sobre una canción, que se llamaba "25" y según mi versión decía "You can bend me, shape me, anyway you want to" y según la Chica Langosta decía lo contrario, esto es, que nada de doblegarse, nada de ser modelada. La Chica Langosta se negaría a cantar algo así en la vida y yo, por supuesto, solo pretendía que lo hiciera, que lo cantara, que se rindiera de una santa vez y dejara de ser tan tauro para ser piscis, que es lo que se espera de alguien que nace un 5 de marzo y que perdiera la cabeza y gritara "Creo que voy a empezar a romperme".

Cosa que nunca hizo. No delante de mí. Probablemente delante de otro. Para entonces, Garbage ya cantaba: "I think I´m paranoid... and complicated" y el estribillo sí dejaba las cosas claras: "Bend me, break me, anyway you need me, all I want is you" pero yo ya estaba enamorado de otra.

martes, mayo 07, 2013

El futuro sin Mourinho, el futuro con Vilanova




Es complicado juzgar los tres años de Mourinho por sus resultados deportivos. Parece como si a su alrededor se hubiera creado desde el primer día una especie de burbuja por la cual el fútbol ha sido siempre lo de menos y todo se ha reducido a una cuestión de lealtad y odio: lealtad a sí mismo y su trayectoria; odio a todo lo demás que le ha molestado: los árbitros, los horarios, la Federación, la UEFA, UNICEF, “Pito” Vilanova, Valdano, Casillas, la tristeza de Cristiano Ronaldo, los pseudomadridistas y madridistas disfrazados… Su propio balance de estos tres años ha sido autocomplaciente como no podía ser de otra manera, y eso es una pena porque oculta al menos tres verdades positivas: 1) El Madrid ha competido de tú a tú con el Barcelona durante dos años, perdiendo su incomprensible complejo de las dos anteriores temporadas, 2) La liga que el Madrid ganó el año pasado fue sublime, con 100 puntos y más de 120 goles, y 3) El equipo, especialmente la temporada pasada, jugó muy bien al fútbol, con muchos jugadores involucrados en el proyecto.

Sin embargo, estos tres datos se pierden en una lista de acusaciones y reivindicaciones destinadas a hacer olvidar lo obvio: el Real Madrid, estos tres años, no ha estado al nivel de sus jugadores. No vayamos a la historia porque eso es peligroso e injusto. El palmarés del Madrid es tan enorme que aplastaría a cualquier entrenador. Mourinho está satisfecho por haber ganado dos títulos serios —pueden ser tres en unos días- y haber llegado a tres semifinales de Champions. Según él, es mucho más de lo que hicieron sus antecesores, Del Bosque aparte. Puede que eso sea cierto pero por la misma regla de tres, Mancini podría irse del Manchester City diciendo que con él en el banquillo el equipo ha logrado muchos mejores resultados que en los 20 años anteriores. Sería verdad pero tramposo: la inversión y los jugadores del City pedían algo más que una liga en tres años y una FA Cup, quizá dos.

¿Por qué se considera un éxito lo de Mourinho en el Madrid y un fracaso lo de Mancini en el City? Lo desconozco. Quizá sea bueno buscar un término medio: Mourinho ha tenido sus cosas buenas en lo deportivo y ha demostrado en el pasado ser un gran entrenador. Lo demostró incluso en el Madrid en la temporada 2011/12. No así en la 2010/11, donde no solo perdió 5-0 en el Camp Nou sino que se lió en una cantidad tal de broncas que sin duda distrajeron al equipo, ni mucho menos este año, donde ha perdido en semifinales de Champions League contra un equipo que me sigue pareciendo inferior al Madrid en todo menos en el juego colectivo, es decir, aquello que maneja el entrenador. No reconocer eso, no hacer esa mínima autocrítica, desvirtúa su autovaloración.

Si los resultados no han estado a la altura en estos tres años de Mou, y mucho menos en los cuatro de Florentino Pérez, lo cierto es que la inversión en capital futbolístico hace pensar en una transición suave para el Madrid. Más allá de las filias y fobias provocadas por mourinhistas y antimourinhistas que han dividido en dos los afectos de la hinchada hacia sus jugadores lo cierto es que el Madrid tiene una plantilla excelsa, maravillosa, con recursos para todo. ¿A quién habría que fichar para que la cosa mejore? Muchos apuntan a un delantero que sustituya a Benzemá o Higuaín, pero hablamos de dos talentos extraordinarios, como lo demostraron el año pasado. ¿Cuánto dinero costaría un refuerzo en esa posición y en cuánto mejoraría a los jugadores ya existentes? Por lo demás, quizá convendría fichar un lateral derecho para complementar a Arbeloa, pero son detalles tan ínfimos que hacen que el equipo, con o sin Mourinho, sea para mí el gran favorito el año que viene en todas las competiciones.

Peor lo tiene el Barcelona, mal que me pese porque mi simpatía hacia este equipo y su forma de jugar viene de lejos sin llegar al forofismo. Las sensaciones de fin de año son las de una plantilla demacrada en lo físico y lo emocional. El desbarajuste táctico en el que se ha movido el equipo durante todo el año —un desbarajuste ya anunciado el año pasado y que probablemente motivó la marcha de Pep Guardiola, sabedor del inmenso desgaste que supondría reactivar a su plantilla- ha derivado en una sensación de fragilidad absoluta.
Al igual que sucede con el Madrid, el Barça tiene unos jugadores excelentes y muy bien pagados. Sus resultados al menos están a la altura. En los tres años de coincidencia con Mourinho, el Barcelona va a ganar dos ligas, una copa, una Champions League y varias Supercopas, Mundialitos... El palmarés está a la altura o por encima de la historia blaugrana pero la transición apunta a ser más difícil porque es un equipo basado en una forma de entender el juego, obsesionado por “el concepto” y que ahora mismo no sabe lo que tiene que hacer en el campo. Un equipo en el diván. No es una cuestión de nombres ni de rotaciones, es una cuestión de intensidad, de salir a morder, de ganas… y de poder ejecutar esas ganas. El desplome físico se explica con dificultad porque este año los suplentes han jugado prácticamente lo mismo que con Guardiola.

El Barcelona sí necesita fichajes pero sobre todo necesita recuperar lo que tiene: que Xavi demuestre que a los 33 años puede superar sus molestias físicas, que Cesc aclare si es un centrocampista ofensivo o un delantero falso, que Alexis sepa si tiene que jugar a desbordar por banda o si tiene que tirar desmarques y arrastrar rivales o si mejor que presione como loco, a lo Pedro, y que sea lo que Dios quiera. Mientras Messi esté cerca de su cien por cien, el equipo será competitivo, pero es complicado pensar que será el mejor de Europa sin al menos un central de garantías, un delantero que complemente a Neymar y Messi y sin la citada limpieza física y mental de sus estrellas ya existentes, probablemente saturadas tras cinco años de éxitos en su club y en su selección.

En cuanto a Tito Vilanova, convendría darle la oportunidad de que trabaje un año entero con el equipo antes de juzgarlo. Ha pasado por un cáncer y eso no le convierte en un santo, pero es absurdo negarlo: durante demasiado tiempo su cabeza y su cuerpo han estado en otra cosa… y aun así va a ganar la liga. El año que viene tendrá que tomar decisiones, ejercer un verdadero liderazgo e imponer disciplina táctica en un equipo que se ha despistado muchísimo en ese aspecto, limitándose a esperar a ver cuándo aparece el 10 y gana él solo el partido. Eso te puede dar ligas y copas, porque en España juegan solo dos equipos, pero en Europa es complicado y hasta el PSG de turno te puede poner contra las cuerdas.

Artículo publicado originalmente en el diario El Imparcial dentro de la sección "La zona sucia"

Marco Van Basten, el mago de los tobillos de cristal


Estamos en el minuto 86 de la final y Capello decide efectuar el cambio. Quizá ha esperado mucho. Quizá nunca debió haber apostado por Van Basten como titular, para empezar, eso nunca se podrá saber. En la derrota siempre hay culpables. El holandés se retira del campo visiblemente cojo pero lo más rápido que puede. El poderoso Milan pierde 1-0 ante el Olympique de Marsella, esa burbuja futbolística que se sacó Bernard Tapie de la chequera a base de amañar partidos y fichar todo lo fichable. Van Basten se sienta en el banquillo derrotado, todos sus esfuerzos para llegar a ese partido frustrados por una actuación mediocre, en lo individual y en lo colectivo.

Tiene solo 28 años pero el cuerpo de un veterano y un tobillo que le ha dejado varias veces al borde de la retirada. El dolor no engaña, esta vez va en serio. La final de la Champions League de 1993 se apaga mientras el delantero por antonomasia de la década de los 80 mira los intentos desesperados de su equipo, de los Baresi, Rijkaard, Maldini, Donadoni, Albertini, Massaro, Papin… chocar una y otra vez contra la muralla negra del Olympique: Desailly, Angloma, Boli, Pelé… y detrás de todos el joven calvo Fabien Barthez, un pigmeo en tierra de gigantes.

Es otro fútbol, piensa. Un fútbol físico, demasiado físico incluso para un equipo italiano. Rijkaard ya no puede ni con Deschamps. Los conceptos han cambiado y su tobillo sigue hinchado como un tomate. Nadie le pregunta. Todos esperan a que el árbitro pite, para bien o para mal. La temporada 1992/93 acaba de una manera totalmente inesperada, porque el Milan, tras su año de sanción europea, volvía a parecer imparable. Berlusconi había fichado a Papin, a Savicevic, a Boban, a Lentini, a Eranio… El propio Van Basten había tenido una temporada más que aceptable hasta su lesión a finales de 1992, poco antes de recibir su tercer Balón de Oro de manos de la revista France Football.

Meses de recuperación de un tobillo destrozado que culminan en un regreso apresurado, un último gol al Ancona y este sufrimiento absurdo en el Olympiastadion de Munich. Los jugadores franceses abrazándose y Van Basten que saluda a Rudi Völler, viejo compañero de batallas ochenteras, y se mete a recibir su sesión de hielo, masaje y lágrimas. En rueda de prensa, Capello se limita a decir sobre el holandés: “Está lesionado”, sin advertir aún de que esa lesión es algo más, que ese intento desesperado por jugar su tercera final de la Copa de Europa le costará perderse la siguiente, pasar un año en blanco, volverse a operar y tener que retirarse definitivamente un 18 de agosto de 1995, sin llegar a cumplir los 31 años, dos después de casarse en muletas, de vivir en muletas, de luchar por llegar a un Mundial que su propio club le impidió jugar en 1994. Retirarse sin retirada, lo más triste para un deportista de élite.

El recuerdo de Munich como postre amargo de una carrera espectacular que le vio ganar, aparte de los tres Balones de Oro, dos Copas de Europa con el Milan, una Eurocopa con Holanda —el único título de prestigio para esa selección en su historia y multitud de títulos nacionales con el Ajax y el equipo de Berlusconi, Sacchi y Capello. Aquellos cuatro últimos minutos de dolor en el banquillo como resumen injusto de una década de estrellato, desde que debutara en el Ajax al lado de Johan Cruyff hasta su último Pichichi en el Scudetto, con 25 goles en 31 partidos durante la temporada 1991/92. 

Llega un momento en el que cualquier cosa es mejor que el dolor, cualquier cosa es mejor que sentirse inválido. Ahora estará en paz consigo mismo”, dirá su mujer, Liesbeth, al acabar la rueda de prensa. Tenía razón, pero no bastaba. A los aficionados no nos bastaba, eran demasiados años disfrutando de su fútbol total desde aquella primera temporada profesional en Ámsterdam con 17 años.

Puedes leer el resto del artículo sobre Marco Van Basten de manera gratuita en la revista JotDown

lunes, mayo 06, 2013

Enfermar en vacaciones para poder trabajar a gusto


La historia empieza como un fotograma de "Perros de paja", o de "Bosque de sombras", por rescatar un poco a Koldo Serra. Una pareja de madrileños urbanitas -él más urbanita que ella, todo hay que decirlo- llegan a un bar de un pueblo de la Ribera Sacra, en Ourense. El pueblo no es una aldea pero tampoco es demasiado grande y cuando la pareja baja del coche tiene ante sí tres bares seguidos en los que se intuye que están echando el partido del Barcelona. Descartan el primero por tener un escudo del Madrid en la puerta de entrada y se meten en el segundo, que es el que ha recomendado el dueño de la casa rural y en el que, eso cree recordar, ella vio los partidos del Mundial de 2010.

En efecto, en el bar echan el partido y no hay escudos madridistas aunque la parroquia festeje los goles del Bayern con una cierta dejadez, la dejadez de lo previsible. La pareja no conoce a nadie y sabe que todos se conocen entre sí. Al principio están tensos. Él está tenso porque vive tenso y ella algo menos, puede que ella no se preocupe por que les miren ni se preocupe por que la miren específicamente a ella, a la desconocida que echa un vistazo de vez en cuando al partido y pasa el resto del tiempo mirando el teléfono o besando al otro desconocido, el chico que sobra. El camarero parece buen tío y les hace una tortilla de patatas para cenar cuando la catástrofe blaugrana ya está consumada. El chico tiene que ir al baño porque no aguanta más. Nadie les ha hablado hasta el momento y eso no saben si es bueno o es malo.

Él recuerda aquella vez que tuvo que salir corriendo de Becerril de la Sierra porque le querían pegar una paliza sin más razón que venir de fuera. "Venir de fuera" puede llegar a ser muy peligroso. Cuando vuelve del baño, ella ya ha pagado y se va, sonriendo coqueta: "En cuanto te has ido, me ha empezado a mirar todo el mundo muy descaradamente". Al menos, han tenido estilo. Al menos, no ha habido carreras. Los gamos se cruzan por el camino de vuelta hacia lo alto del cañón del Sil.

El día siguiente, la pareja sale a "hacer una ruta". Él es escritor y poco deportista pero le gusta andar. Odia correr pero le gusta andar, como una canción de Vetusta Morla pero al revés. Parten de un monasterio románico -todo son monasterios románicos, pueblitos derruidos, rastros de tierra quemada- y llegan de nuevo al monasterio por el otro lado. En medio, diez kilómetros entre ramas, riachuelos y piedras. Él pisa mal, se tuerce el tobillo y se cae al suelo pero no le pasa nada. Se muestra sorprendentemente tranquilo porque se ha preparado para el reto: ropa de Decathlon, zapatillas deportivas, actitud de montañero, sea eso lo que sea. Ella nota un pinchazo en la rodilla pero luego se le pasa, no comenta nada y comen un montón de patatas con unos pocos filetes en un bar de la carretera que les lleva a Parada do Sil y luego a los Balcones de Madrid.

Ahí, la pareja tiene el primer problema. Un problema que va más allá de la mezcla de sol que quema y el viento que congela y que va más allá de las caídas a lo Dani Alves en medio de los descensos. La chica siente que el pinchazo en la rodilla se reproduce pero esta vez no cede. Todo esto sucede justo a la vuelta a casa, unas diez horas después del inicio de todo, amago de atardecer en Galicia mientras ella se agarra a la pasarela e intenta flexionar la rodilla sin éxito. "Es el menisco", concluye, y se asusta. Piensa en operaciones y rehabilitaciones y cojea de manera ostensible mientras intenta entrar en el coche y llevarlo de vuelta a casa, más cojera, bajada de escalones apoyada en los hombros del chico, que hace de muleta estupenda, caras preocupadas de los vecinos que se sientan frente a la chimenea y cuentan sus propias desgracias mientras la niña juega a algo que puede ser una Nintendo.

Solo que al día siguiente -ni siquiera al día siguiente, a las dos horas de acostarse- el chico se da cuenta de que el enfermo ahora es él. No puede respirar, se ahoga y le duele la garganta. Busca por la habitación algo de Paracetamol y de paso despierta a la chica, que, aún dolorida, no consigue dormirse del todo. Es una noche larga. Dos noches largas. Los días son complicados porque la belleza es innegable pero el catarro también y es complicado andar sin respirar como es complicado pararse en un mirador entre escalofríos. La chica ya apenas cojea y el penúltimo día, de hecho, consigue andar con una cierta normalidad y olvidarse de quirófanos y quiroprácticos. Olvidarse de pirómanos y pirotécnicos hasta que el chico dice basta y le pide que se vuelvan a casa en plena pasarela sobre el Río Mao, los mosquitos acechando al chico de la visera blanca y los dos se vuelven, sin comer ni nada. Ella pasea por el jardín, lee parte del libro de Emmanuel Carrère que le ha dejado él mientras él duerme e incluso ronca y cuando se despierta se encuentra peor porque además se siente culpable, porque no se puede ir por la vida con una chica tan preciosa y dejarla paseando por jardines vacíos. Si al menos estuviera en un bar de un pueblo extraño esquivando miradas.

Pero no. La chica y el chico deciden hacer un esfuerzo e ir al Parador a ver si les dan algo de comer casi a media tarde y lo consiguen porque tampoco es tan difícil. Al chico le gusta mucho el Parador porque le gusta lo decadente, o, más bien, esa mezcla de decadencia de monasterio rehabilitado en medio de la nada con boda de pueblo engalanado con periódicos y Wi-Fi. El chico está encantado y se toma un pepito de ternera y, como si tuviera 18 años, el humor le cambia y ya moquea menos y no se ahoga e incluso se puede hablar con él y organizar mesas y la chica se preocupa pero a la vez se alegra porque organizar es algo que la alegra siempre y juntos pasan la tarde y luego la noche, solos, la mirada fija en la chimenea, los intentos torpes de él de azuzar un fuego que se apaga de vez en cuando pero renace a poco que se le menee, como casi todo en la vida, y así pasan la última noche antes de volver a Madrid, ya sanos, juguetones, conscientes de que han pasado los cinco días de vacaciones enfermos pero al menos ahora podrán trabajar a gusto.

Un sinsentido, vaya, pero un sinsentido seguro, supongo.

martes, abril 30, 2013

Entrevista a Aleix Saló


A sus 29 años, Aleix Saló se enfrenta de nuevo al reto de la divulgación. Desde que saltara a la fama con el vídeo de su libro “Españistán”, Saló es una referencia para muchos ciudadanos que no entienden lo que pasa en su país y en el mundo. Obviamente, eso tiene sus riesgos, como él mismo reconoce: “Al utilizar un lenguaje muy popular, tengo facilidad para manipular muchas cosas… y de hecho quizá lo estoy haciendo sin darme cuenta”. Lo cierto es que en “Euro Pesadilla” intenta ir un paso más allá, sin quedarse tanto en el presente y en el discurso más o menos directo, para explicar, en cambio, siglos y siglos de Europa y su lugar en el mundo. Si por algo destaca Aleix es por su claridad, eso nadie se lo puede negar. Su visión de la progresiva desaparición de la clase media, una clase media acostumbrada a planificar, caracterizada por la estabilidad y que ahora ve cómo todo se tambalea, es brillante. En esta entrevista intentamos alejarle un poco del entretenimiento para aclarar conceptos que pueden quedar perdidos en sus vídeos y sus libros. Otra cosa, como él mismo diría con su constante humildad, es que lo consigamos.

Después de “Simiocracia” desapareciste del espacio público para preparar este libro, ¿qué sensaciones tenías entonces, cuánto había de necesidad de prepararse y cuánto de necesidad de escapar de un estrellato tan repentino?
 
Déjame que ponga en duda lo de “estrellato repentino” porque creo que me viene un poco grande. Tener muchas visitas en YouTube es como un músico que toca en el metro: te pueden oír cien mil personas a lo largo del día y que por la noche nadie se acuerde de ti. De todos modos, mi retiro -que tampoco era tal, porque seguía colaborando en un programa de la SER- era más una cuestión de sensatez, de decir “me tengo que poner con el libro porque si no no voy a cumplir el calendario”. Las redes sociales te quitan mucho tiempo y yo las veo como trabajo. Y también un poco para dosificarme, porque a veces lo de estar permanentemente disponible hace que se devalúe un poco tu trabajo.

¿Qué tecla crees que tocaste con “Españistán” para conseguir un éxito así con el vídeo de un libro que se vendió relativamente poco?

¡Mucha gente me decía “El cómic me ha gustado”, refiriéndose al vídeo, cuando el libro llevaba un mes en las tiendas muerto de asco! Era una apuesta tan arriesgada, basándome en pura intención, que para mí fue un aprendizaje. Aquello fue un golpe de suerte más o menos desordenado, pero yo estoy mucho más contento de lo que ha venido después: con más conocimiento de causa y más opiniones para valorar mi trabajo, he ido redireccionando mi mensaje y quizás ahora me vea menos gente, pero vendo más libros. “Simiocracia” vendió más que “Españistán” y espero que “Euro Pesadilla” venda más aún.

Una vez dijiste “No tengo recetas para el futuro, pero me gusta explicar el pasado”. Sin embargo, la gente pide soluciones inmediatas para el presente, ¿cómo vives esa exigencia?

Es un equilibrio complicado. El análisis del pasado siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo, entre otras cosas porque, recalco aunque parezca un pesado, yo no soy un experto: trabajo en una liga inferior y trato de hacer de puente entre el mundo popular y el académico. De hecho, el propio leitmotiv de este libro, el “vampirus ibericus”, es una recreación popular del ya famoso término de Robinson y Acemoglu de “élites extractivas” en su libro “Why nations fail?”(“¿Por qué fracasan las naciones?”). Es como llevar eso al “mainstream”, al cómic. Dicho esto, en serio, dudo que alguien me tome como referencia…

“Cada vez que Alemania se ha propuesto ejercer el liderazgo político, Europa ha temblado”, dices como conclusión en “Euro Pesadilla”, ¿cuándo en la historia ha dejado de temblar Europa y bajo qué liderazgo?

Puedes leer el resto de la entrevista de forma gratuita en la revista UNFOLLOW