martes, septiembre 27, 2016

¿Llegamos alto, con las estrellas?



La primera conversación tiene que ver con trabajar gratis, ese gran dilema de todo escritor entre los 25 y los 35 años. M. busca consejo o cuando menos busca argumentos. Yo no los tengo. Yo no trabajo gratis para quien sé que puede pagarme pero sí colaboro cuando me apetece con quien sé que no puede pagarme porque no tiene ingresos. Lo que no tolero es la tontería de la visibilidad y el "esto es bueno para todos" porque si usted no tiene dinero para mantener una revista profesional, mejor monte un herbolario, que funcionan de maravilla.

A esa conversación le siguen muchas otras con mucha otra gente. Es una sensación agradable porque hace demasiado tiempo que estoy fuera de la circulación. Estamos en una presentación pero no recuerdo la autora ni el libro y por favor no hagamos de esto algo personal. Yo iba ahí a ver a los viejos amigos y que me dijeran qué buen aspecto tenía, fuera verdad o no. En ese sentido, la excursión carismática fue todo un éxito.

Pienso en los años raros, en aquellos difusos 2009, 2010, 2011... La cantidad de gente distinta con la que podía sentarme a tomar un café o una copa. Cortometrajistas incipientes, poetas autoeditadas, cantautores perdidos en los circuitos... A veces era público y a veces era escenario, dependía del momento. Incluso cuando yo creí que estaba parado, no paré nunca. Presentaciones de libros en Tres Rosas Amarillas y, después, en Tipos Infames. Las mismas caras, sí, pero no tengo claro que eso sea algo malo.

Acabamos cenando -o algo similar- en un antro de la calle Noviciado. Mi primera opción era el bar aquel infame que hacía esquina pero para mi sorpresa lo cerraron hace ya un tiempo. Malasañero de mierda. Chorizos fritos con sabor rancio. A mi alrededor, tres chicas hablan de literatura, del "mundillo" y de lo que conlleva. Parecen ilusionadas y eso es fantástico. Yo estoy tan acatarrado y tan ronco que apenas intervengo. La conversación, en cualquier caso, parece apañárselas perfectamente sin mí y así puedo irme a mi hora sin sentirme culpable, con algo parecido a una sonrisa en la cara.

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Al día siguiente, terraza de Prosperidad con Gonzalo Vázquez. Los que me conocen, los que leen este blog, saben hasta qué punto admiro a Gonzalo Vázquez, una admiración solo comparable, quizá, a la que siento por Manuel Jabois. Son dos genios, cada uno a su manera: Gonzalo, más constante; Manuel, más intuitivo. "Dar un paseo y tomar algo" es su plan para la sobremesa y eso es lo que hacemos: pasear entre árboles que anuncian el otoño y pararnos a tomar una botella de agua y una cerveza.

Gonzalo tiene además otra virtud: la de hacerte sentir a gusto. Es sincero, a veces brutalmente sincero y directo. Se calienta hasta el ceño fruncido y cuando se da cuenta vuelve a enfriarse, con un gesto casi budista de apaciguamiento. El pasado verano escribió un artículo sobre LeBron James que podría haber sido portada de cualquier gran medio estadounidense. Lo publicó JotDown, la única interesada. Hay algo que no me cuadra y no dejo de explicárselo: no es ya un caso de malditismo, de "deberías triunfar pero no consigues que nadie te conozca" sino algo ya directamente incomprensible: Gonzalo roza los 30.000 seguidores en Twitter, que le veneran como el dios del baloncesto que es. ¿Cómo es posible que eso no se traslade a más medios de comunicación?

No lo sé. Eso lo tendrán que decidir otros. Cambiamos de tema y hablamos del coronel Tarakanov y a los dos se nos ilumina el rostro porque en el deporte estamos más a gusto que en la queja. Le gusta mi barrio, me dice, y yo le digo que estamos a punto de mudarnos. Supongo que nadie está contento con lo que tiene, pero no sé por qué eso tendría que estar regido por una especie de determinismo.

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Sánchez tira hacia adelante y desde mi Facebook se le jalea. Está a punto de destruir el futuro de su partido y de la socialdemocracia, pero, ¿qué más da? Cuando ese futuro sea presente la solución será la misma: quejarse mucho y desatender por completo la realidad.

lunes, septiembre 26, 2016

Los Panchos y la Chica Langosta



Y entonces se nos colaron Los Panchos. No sé explicarlo más allá de la necesidad de establecer vínculos como fuera. Los Panchos estaban bien, nada de lo que arrepentirse después. Ella me grabó una cinta y yo la escuchaba obedientemente, imperturbable ante el "Si tú me dices ven...". Por supuesto, todas las canciones hablaban de ella. En cierto modo era un respiro porque cuando te acostumbras a convertirte a ti mismo en el protagonista de toda tu banda sonora acabas un poco harto de tu vida.

Aquí, no. Aquí, "el pueblo" era su pueblo, la lluvia era su lluvia sobre su tarde en Moratalaz y ni siquiera tenía que eximirla de ningún pacto porque no lo hubo jamás entre nosotros más allá de un abrazo entregado en el aeropuerto de Barajas, el día en el que Matilde Urbach estuvo a punto de perder su mística. "Abrazo de aeropuerto", leí el otro día en algún lado, y me pareció una adjetivación precisa porque yo nunca he sentido un abrazo como aquella mañana, aún noche cerrada, antes de que ella viajara a Toulouse. Un abrazo de extrañeza y sobre todo de miedo. La puerta se cerró a su paso como en las películas.

En fin, volvamos a Los Panchos como punto en común. Por supuesto, podríamos haber elegido muchos otros lugares, pero estaban demasiado transitados. Mi idea siempre fue ser especial en cada cosa que hiciera. Una especie de Mourinho de las relaciones personales. Yo también le grababa mis propias cintas, algo banales, y ella contraatacaba con Sebadoh y Guided by Voices. Le enviaba relatos en cartas de las que luego pedía fotocopias, no se me fueran a olvidar. Ella también me envió uno. Solo uno. No sé si escribió más. Quiero pensar que no porque, ya saben, el especialito y sus mandangas. Hablaba de cigarrillos, insomnio y un ex novio.

A mí me encantó porque era suyo. A mi madre, que no le iba nada en el asunto, le pareció más bien pobre.

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Sigo con las conversaciones de Enrique Brasó y Fernando Fernán Gómez. Recuerdo que el actor solía quejarse de que las entrevistas habían perdido su sentido original, aquel de charla entre dos personas, para convertirse en poco más que un cuestionario. Aquí se le nota más cómodo. Es mérito suyo y de su prodigiosa inteligencia, por supuesto, pero en ello tiene mucho que ver Brasó y su echarse a un lado continuamente. Proponer el tema, sugerir incluso una tesis y ausentarse de toda réplica. El anti-Ana Pastor. Cuando su interlocutor le lleva la contraria, agacha las orejas y sigue adelante. Vamos a otra cosa.

No hay en Brasó ningún afán de protagonismo y eso se echa de menos en estos días en los que todos sabemos más que los demás sobre sus vidas y sus intenciones. El brillo de Fernán Gómez en medio de una adulación excesiva quedaría atenuado; en medio de una discusión constante sobre "por qué rodaste tal cosa de tal manera, yo creo que fue porque..." directamente ni se apreciaría. Déjenle hablar. Si algo echo de menos -en JotDown, por ejemplo, que son los únicos que se atreven de verdad con el género- es que no se hagan más entrevistas a actores o a directores de cine.

Entrevistas que vayan más allá del aquí y el ahora y qué tal Donald Trump sino que sirvan de recuerdo de cada rodaje, de cada idea, como sucede con los deportistas y sus partidos. ¿Cómo fue jugar contra Sabonis?, ¿cómo fue rodar con María Luisa Ponte? En ese sentido, hay que reconocer que Álvaro Corazón Rural es un auténtico maestro, aunque no sé cómo habría hecho para que Fernán Gómez no acabara irritándose.

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Por la mañana escribo un artículo sobre la retirada de Kevin Garnett que pasa por completo desapercibido en las redes sociales. Por la noche hago un análisis en el blog de las elecciones vascas y gallegas que complementa al de esa misma semana. Cuando lo enlazo, tampoco recibe eco alguno. En medio, eso sí, hago un comentario sobre Cristiano Ronaldo. Ni siquiera sobre Cristiano Ronaldo sino sobre el tratamiento de la prensa a un gesto de Cristiano Ronaldo. En pocas horas alcanza los 300 RT. Ahí seguimos. 140 caracteres que eclipsan por completo horas y horas de trabajo. Reconozcan que tiene un punto frustrante.

domingo, septiembre 25, 2016

Elecciones gallegas y vascas: el tedio refuerza al poder



Poco que añadir al artículo que publicaba el pasado martes, aunque con algún matiz: los partidos en el poder salen reforzados de las elecciones gallegas -Feijoo- y vascas -Urkullu- por una mera cuestión de tedio. Al final, la gente se cansa de votar y votar y busca un desbloqueo a las bravas y para eso mejor votar al que ya está. Ni siquiera cabe apelar a la desmovilización del voto ajeno: en el País Vasco, la abstención ha subido tres puntos, pero en Galicia la asistencia a las urnas ha sido masiva si se compara con el desastre de 2012.

¿Es posible desvincular estos resultados del mapa estatal? En mi opinión, no. Son el reflejo de lo que pasaría si se repitieran hoy mismo unas terceras elecciones y bueno es que todos tomen notas. El partido en el poder, en este caso el PP, sacaría más votos y más escaños, los movimientos populistas verían un estancamiento que aún no es descaradamente un fracaso -tercera fuerza en País Vasco para Podemos, segunda en Galicia para En Marea, en ambos casos victorias pírricas- y el PSOE pagaría todos los platos por una cuestión de coherencia: el 20-D demostraron una cosa y se les premió, el 26-J se han empeñado en hacer lo contrario y el votante medio les castiga.

Los resultados del PSOE son TAN malos que asustan. Hablamos de un partido que en 2009 consiguió 25 diputados con Patxi López como candidato y que hoy no llega a diez en el País Vasco. Es cierto que puede convertirse en pieza clave para apoyar el gobierno del PNV pero desde una distancia abismal, muy lejos de esos pactos casi de tú a tú que marcaron los años noventa. En Galicia, más de lo mismo. En 2009 eran veinticinco sus diputados, hoy son catorce, poco más de la mitad. Si a esto le sumamos la situación en Cataluña, muy similar, se puede entender perfectamente lo que ha supuesto Zapatero para ese partido y lo que va a tardar en renacer.

¿Está en condiciones Pedro Sánchez de arriesgar a unas nuevas elecciones? La respuesta, obviamente, es no. Sería un suicidio electoral. Lo que tiene que hacer ahora mismo es echarse a un lado y buscar durante cuatro años buenas ideas y buena oposición. Tomar algunas cosas del discurso de su izquierda -Podemos- y algunas cosas del discurso de su derecha -Ciudadanos- y elaborar una verdadera transversalidad desde la conciencia de que ya no son un partido hegemónico, que quizá el bipartidismo esté muriendo para dar paso a un unipartidismo que sería letal para nuestra democracia.

Ni siquiera para Podemos como tal los resultados son excelentes. Su verdadera marca, la del País Vasco, que tanto presumió de ganar las generales dos veces en dicho territorio, no solo ha quedado tercera sino que la diferencia con Bildu ha acabado siendo de seis diputados. De hecho, apenas supera en dos escaños al PP y el PSE, esas dos ruinas que se sostienen en un equilibrio inestable. La alegría viene por parte de En Marea, pero En Marea ya existía como Anova en 2012 y la mejora de sus resultados -cinco más que entonces- refuerza su posición de poder dentro de esa extrañísima multicoalición que es el grupo de Unidos Podemos en el Parlamento de Madrid.

Quedan para el análisis los nacionalistas. Han resistido mucho mejor de lo que se esperaba, quizá porque el tedio no solo refuerza a los partidos en el poder sino también a los sentimentalistas. Había encuestas que borraban al BNG del mapa y apenas ha perdido un escaño. A Bildu le daban por acabado en el País Vasco, especialmente sin Otegi de candidato, y aunque se aleja del PNV, mantiene la hegemonía de la izquierda y aplasta a su supuesto rival, Podemos. Se ve que los votos prestados a Iglesias no son más que eso: préstamos de rápida devolución.

En definitiva, han sido las elecciones soñadas para el PP. Sí, sus resultados en el País Vasco son horribles, pero ganan a Podemos y al PSE en Álava, su gran feudo -muy por detrás, eso sí, de Bildu y PNV- y podrían proponer un intercambio de cromos al PNV porque sus nueve escaños junto a los 29 de Urkullu da para gobernar Euskadi sin grandes complicaciones. Urkullu, con todo, probablemente se sienta más cómodo al lado de un débil PSE, menos dispuesto a ponerle palos en las ruedas.

En Galicia los resultados han sido sencillamente espectaculares y no nos engañemos, Galicia era lo que contaba para Rajoy. No es ya la estabilidad en los 41 escaños, sino ese casi 2% de porcentaje que le coloca al borde del 50% en unas elecciones con mayor participación. Sí, Feijoo es amigo de narcos y el PP es el horror, lo que ustedes quieran, pero la realidad es terca. ¿Quieren volver a comprobarlo en diciembre? No se lo recomiendo. Hace cinco días pedíamos a las fuerzas de izquierdas y en especial al PSOE que "salvaran los muebles" e intentaran desde el legislativo controlar al ejecutivo en vez de perderlo todo por una vana ilusión de heroicidad.

Hoy, esa petición es más urgente que nunca: mucha gente votó el 26-J al PSOE en vez de a Podemos porque le pareció una opción de gobierno, no de bloqueo. Cuando se ha convertido en una muralla es cuando han llegado los palos electorales. Llegarán más. Mejor que les pillen más preparados.

jueves, septiembre 22, 2016

Milosevic en el Ritz



Por nuestro cuarto aniversario reservé una habitación en el Ritz. A toro pasado, es difícil encontrar mejor ejemplo de hasta dónde había calado la decadencia en nuestra relación. Fue un error como otro cualquiera y la verdad es que ella lo aceptó con toda la ternura del mundo, probablemente porque no era la primera vez que hacía algo parecido. Hay parejas que se ponen a tener hijos a lo loco para tirar adelante y parejas post-adolescente que se dedican a tirar fuegos artificiales para desviar la atención.

No funcionó, por supuesto, y poco más de un mes habíamos roto, pero no quería hablar de eso sino de mí, para variar. De mí con 23 años entrando en la habitación de un hotel en el que no pintábamos nada, encendiendo la televisión y emocionándome en CNN+ mientras a Slobodan Milosevic le montaban algo parecido a un golpe de estado. Guille gritándole entusiasmado a T. "Mira lo que está pasando, mira lo que está pasando", como si lo que estuviera pasando tuviera la más mínima importancia en nuestra vida, como si no hubiera pausa en mi empeño en ponerlo todo -todo el rato- del revés.

¿De qué iba aquello? Los fuegos artificiales y "el venao", todo a un mismo tiempo. La distracción sobre la distracción. Imposible saber qué estaba tramando, imposible agarrarse a ese clavo ardiendo. Cenamos en un restaurante argentino muy rico, que, como homenaje quizá, cerró a los pocos meses. No fue una gran noche, como se puede suponer, y el día siguiente no fue mejor en ningún sentido. Ella trabajaba en un periódico nacional, yo daba clases de historia a niños de trece años.

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Las últimas diez páginas de "Chesil Beach". Mejor centrarse en esas diez últimas páginas y no en las ciento cincuenta anteriores, que hay que entender como un enorme prólogo, una de esas etapas en las que el sprint vale por los doscientos kilómetros de fuga y pelotón organizado. Puede que a Ian McEwan le pase lo mismo que comentábamos de Woody Allen, que esté siempre a punto de la obra maestra, dejando destellos, pero le cueste cuadrarlo todo. Probablemente, de hecho, su mejor libro siga siendo el primero: "Primer amor, últimos ritos", una maravillosa colección de relatos que recuerdo sin artificios ni adornos ni compasión.

En cualquier caso, insisto, esas diez páginas salvan cualquier novela. Me comenta Carlos Jiménez que a él no le parecieron para tanto, pero, claro, él tiene más o menos la edad del protagonista antes de que se dé cuenta de que ha hecho el idiota. Yo tengo la edad en la que, podemos entender, ya ha entendido que no hace falta hacer un drama de todo, ni invitar a chicas al Ritz ni fingir entusiasmo por la política serbia. Que, en ocasiones, el empate nos vale.

De entre todas las frases de esas páginas, una sobresale: "De este modo podía cambiarse el curso de una vida: no haciendo nada". Sí, tiene sentido. El resto es poco más que teatro o, aún peor, ludopatía.

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Las conversaciones entre Fernando Fernán Gómez y Enrique Braso. Cualquier conversación con Fernando Fernán Gómez, en general, sea escrita o en la pantalla. Fernando Fernán Gómez, el concepto. Muy complicado ser más inteligente o, al menos, parecerlo.

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Iglesias y Errejón se pelean en Twitter y el mundo se para. Es lo que tiene la inmediatez y con eso volvemos a la ludopatía, al vivir en un casino siempre abierto con croupiers cantando frenéticamente los números. La mayoría de lo que leo tiende a atribuirles la inteligencia de estar fingiendo una disputa para que se hable de ellos y que se vea lo plural que es Podemos y lo listos que son y sin complejos y "la gente" como testigo del proceso y no mero instrumento...

Tiendo a pensar que no. Que aquello es exactamente lo que parece: ver quién la tiene más larga. El hecho de que los demás afines saltaran inmediatamente, un poco confusos, en un sentido o en otro -más bien en el de Iglesias, todo sea dicho-, refuerza mi impresión. Hasta Monedero ha tenido tiempo para darle un palo a Errejón, lo que viene a demostrar que Errejón ahí no pinta nada. Más que nada, porque, dentro de sus limitaciones, suele tener razón. Y tener razón en un partido político -en cualquier partido político, en cualquier lugar, de hecho- es peligroso.

martes, septiembre 20, 2016

Salvando los muebles, que no es poco


Eso que separa la realidad de lo que cada uno entiende que debería ser la realidad es lo que se llama política. Sé que en tiempos de sentimentalismo suele regir lo contrario, el "soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre..." como forma de entender la negociación. El agravio constante. La indignación sin fecha ni perdón. Puede que incluso buena parte de los votantes del PP estén de acuerdo en que su partido ha hecho pocos méritos para gobernar otros cuatro años, pero por mucho que nos empeñemos en tirarnos de los pelos, los hechos están ahí: 137 diputados y otros 32 dispuestos a arrimar el hombro.

En todo este proceso de investiduras se suele obviar un detalle clave: la separación del poder ejecutivo y el legislativo. Es una distinción a menudo banal, especialmente cuando el partido del gobierno controla a su vez el congreso, pero es una distinción clave en la situación actual. El empeño de los partidos que dominan el legislativo en impedir que el PP acceda al ejecutivo nos está llevando poco a poco al peor escenario posible: que Rajoy y los suyos consigan el control de todo a base de repetir y repetir elecciones con la consiguiente desmovilización de las autodenominadas "fuerzas del cambio".

Buena parte de la nula actividad del PP a la hora de buscar un pacto razonable con otros partidos más allá de la rendición sin condiciones se debe al hecho de que esta situación les beneficia sobremanera: no solo siguen en el gobierno por quinto año consecutivo -en funciones, vale, pero gobierno al fin y al cabo- sino que las expectativas son positivas: la gente tiende a la estabilidad y las revoluciones tienen corto recorrido después de su primera explosión. Lo normal es que unas terceras elecciones coloquen al PP al borde de la mayoría absoluta, con casi total seguridad por encima de los 150 diputados.

Así pues, y llegados a este momento, lo que el PSOE debería plantearse no es lo que debe hacer en términos heroicos, de resistencia, sino lo que debe hacer en términos prácticos, políticos, del menor mal posible. ¿Es deseable un gobierno de Rajoy? No. ¿Es deseable un gobierno de Rajoy controlado por un legislativo que sea capaz de tumbar buena parte de sus propuestas o incluso poner en marcha una moción de censura en caso de gran escándalo tipo Bárcenas? Quizá no lo sería si hubiera alternativa, pero, a día de hoy, no la hay.

El PSOE sacó réditos de su posición de fuerza ante Podemos en las elecciones del 26-J. Mantuvo su posición como segunda fuerza y, aunque perdió escaños, ganó porcentaje de voto. Quizá algunos se han acostumbrado demasiado a esa posición de fuerza y no tiene pinta de que les vaya a beneficiar en el futuro. En las elecciones de junio, el "no" a un gobierno con Podemos fue bien recibido, pero casi tuvo más influencia el "sí" a un gobierno alternativo, aunque fuera un gobierno condenado al fracaso con Ciudadanos.

Decir que no y no presentar alternativa no suele ser una gran garantía de éxito. Lo será para los convencidos pero no para los que están por convencer, es decir, los que dan y quitan mayorías. Todo lo que pueda mantener el PSOE en unas terceras elecciones será a costa del presumible descalabro de Unidos Podemos y en esto, lo siento, me da igual lo que digan las encuestas. Ese descalabro llegará si se obliga a votar tres veces en un año a gente que en buena medida tiende a la desmovilización, todo lo contrario de lo que ocurre con los votantes tradicionales del PP.

Estamos ante un escenario ridículo para "la izquierda": no solo se le quiere ganar a "la derecha" una batalla a largo plazo, cosa que parece imposible, sino que lo hace mientras esa misma derecha prolonga su estancia en el poder. En ese sentido, las elecciones vascas y gallegas serán una buena piedra de toque, no tanto por el resultado del PSOE, que probablemente sea mejor del que dan los sondeos, sino por los resultados de los partidos en el gobierno, es decir, PP y PNV, que preveo que pueden ser espectaculares.

Por supuesto, lo mejor que podría pasar sería que me equivocara: que el PP no consiguiera mayoría absoluta en Galicia y que el PNV no ganara cómodamente en el País Vasco. Que de esa manera la tesis anterior de que el votante más fiel es el votante del que manda quede refutada y Rajoy vea lavar las barbas del vecino. Sin embargo, no creo que pase. En ambos casos, el fracaso de PP o PNV depende del éxito de hasta tres fuerzas distintas de izquierdas -PSdeG, BNG y En Marea o PSE, EH-Bildu y Podemos-. No sé si hay tanto espacio a la izquierda del PSOE como para pensar que eso es factible y desde luego no sé si después de dos años sin dejar de votar esa izquierda sigue convencida de que su opción es la mejor o volverá a una cierta desilusión, a un "con lo que hay, yo casi prefiero quedarme en casa", que es más que comprensible.

En cualquier caso, será interesante ver cómo respiran los partidos después de sus resultados del domingo. ¿Sigue viva la fiebre Podemos o va remitiendo?, ¿están hartos los votantes del PSOE de la división de su partido o lo siguen apoyando frente a los "ataques" exteriores, incluyendo, supongo, el mío, que les voté?, ¿los partidos en el gobierno sufrirán algún tipo de desgaste o se reforzarán como los más votados? Algo me dice que al final el PSOE se abstendrá o que se abstendrán los necesarios para escenificar una especie de "sí pero no" que salve los muebles. Más que nada porque salvar los muebles, ahora mismo, parece una excelente opción para los socialistas. Recolocar las fichas, como en el RISK, y pensar en la siguiente partida con la mente fría. Insisto, lo que siempre se ha llamado política.

lunes, septiembre 19, 2016

Café Society


Woody Allen ha conseguido hacer una película en la que continuamente atardece. Una película de tonos crema y vestidos caqui, casi en la línea de "La rosa púrpura del Cairo", de nuevo la recreación de aquel Holywood de pre-guerra con el que guarda una relación amor-odio tan extraña. Es raro ver a Woody Allen después de traducir la biografía de Woody Allen. Reconocer los tics, los tópicos, las repeticiones... En ese sentido, "Café Society" no es novedosa, aunque sí agradable, muy agradable, muy cálida, como le dijo a Aguirresarobe que quería que fuera "Vicky Cristina Barcelona".

Se entienden mal los extremos de la crítica ante la película. Tanto los elogios como los ataques. En realidad, aunque hay motivos para ambas cosas, "Café Society" se mantiene en el camino intermedio de las películas "cumplidoras" de Allen, esas que le dejan a uno con un sabor dulce en la boca pero no del todo satisfecho. Una fanta de naranja. Decía John Simon, el veteranísimo crítico del New York Times, que Woody siempre parecía "a punto" de conseguir una obra maestra y al final se quedaba a las puertas. Lo achacaba a las prisas, al empeño de sacar una película cada año un poco como sea.

Algo de razón tiene, aunque primero habría que definir qué es una "obra maestra" antes de concluir que "Delitos y faltas", "Manhattan" o "Annie Hall" no están en esa categoría. Hay demasiadas películas que podrían ser obras maestras con un poco más de tiempo, un poco más de cuidado en el guion. De nuevo, hay un punto apresurado que deja demasiadas cosas en el aire. Una historia de amor, sí. ¿Y qué más? La elección de Kristen Stewart como protagonista es cuando menos discutible. No es que Jesse Eisenberg me entusiasme -no deja de recordarme a Jason Biggs en "Anything else"- pero al menos él sí parece querer estar ahí. Stewart se pasa la película al borde del bostezo y ya se sabe que los bostezos son contagiosos.

En el extremo contrario está Steve Carell. Si Allen no tuviera esa manía de no repetir casi nunca actores (hay que entender que porque no puede malpagarles dos veces) sería interesante ver a Carell en más de sus películas. Habría sido interesante verle antes, de hecho, es un actor fantástico.

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Al hilo de Steve Carrell, convendría repasar sus años en The Daily Show o Saturday Night Live. Cada cómico americano que aparece en la gran pantalla a sus cuarenta años, suele tener detrás al menos quince de trabajo a la sombra. El otro día alguien subió a Facebook una foto del día del estreno del Late Night Show de Conan O´Brien. Aparte del propio O´Brien a sus treinta años recién cumplidos, aparecen entre su grupo de guionistas dos caras conocidas y a la vez completamente irreconocibles: Louis C.K,, probablemente el monologuista más famoso de la actualidad, y Bob Odernirk, más conocido como Saul Goodman, el carismático abogado de Breaking Bad.

Por cierto, aunque no lo parezca, Carell es un año mayor que O´Brien.

Hablamos, en cualquier caso, de una cantera apasionante. Una sucesión de nombres que va desde los cómicos judíos del vodevil de las Catskills neoyorquinas (precisamente los primeros ídolos de Woody Allen, junto a Bob Hope) hasta la sucesión de formatos televisivos que han ido inundando las pantallas estadounidenses y las españolas, a menudo con su propia serie. Una historia apasionante que acabé con cuatro libros descargados en el Kindle para hacer una investigación cuando tenga tiempo, es decir, probablemente, nunca.

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Antes de ver "Café Society", la Chica Diploma y yo nos metimos a ver "Eight days a week", el documental de Ron Howard sobre los primeros años de los Beatles y sus giras por Estados Unidos. Ya que no estoy en San Sebastián, por lo menos creemos el simulacro. El documental está bien. A uno le deja perplejo el fenómeno beatlemania visto desde más de cincuenta años de distancia. No tanto en su intensidad -ahí están los Justin Bieber y One Direction de turno- sino en su variedad: la cantidad de países en los que fueron tratados como dioses.

Sigue habiendo algo en esos primeros Beatles que me desconcierta: su simpleza. Como es un documental autorizado, el tema se toca de manera muy vaga. Tan solo una referencia demoledora de John Lennon: "En aquellos días, las letras no nos importaban lo más mínimo. Todo era "yo te quiero, tú me quieres, todos nos queremos...", luego la cosa cambió". Elvis Costello apunta algo en ese mismo sentido: "Pasaron demasiado rápido del She Loves You, yeah, yeah, yeah al Was she told when she was young that pain would lead to pleasure?".

Sorprende, ya digo, que alguien pudiera escuchar algo tan elemental como I want to hold your hand y dijera "no he visto nada parecido en toda mi vida". Del mismo modo, sorprende, mucho más, que se pueda pasar de I want to hold your hand a Helter skelter en tres años, como mucho cuatro. Uno de los aciertos del documental es precisamente el retrato del frenesí, de las prisas, de la sucesión de discos. de algo que podría definirse como "la pérdida de la alegría". Hay quien les compara con Schubert y hay quien les compara con Mozart. Son comparaciones algo gratuitas pero dejan a las claras su lugar en la música popular.

Otro de los mejores momentos de la película es cuando la reina Isabel II les recibe en Buckingham Palace como miembros de la orden del imperio británico. Para entonces -1965- ellos llevan ya casi tres años ininterrumpidos de éxitos. Lo increíble es que ella ya lleva trece años en el trono.

Y ahí sigue.

viernes, septiembre 16, 2016

Los septiembres felices


A esto le llamábamos pretemporada y eran las tres o cuatro semanas más felices del año, las de la adrenalina disparada, las expectativas, la combinación de vacaciones con amagos de otoño. Septiembre era el mes que hacía posible octubre, el mes que permitía la felicidad del resto del primer trimestre, hasta que llegaban las navidades y te dabas cuenta de que todo seguía más o menos donde estaba. Mis septiembres eran meses de Parque de Berlín y primeros jerséis, partidos del Estudiantes en torneos extraños y viajes a Cuenca llenos de spaguetti y macarrones.

Eran septiembres felices, sin obligaciones, con la sonrisa del tramposo,del que ve que el mundo ha empezado a girar pero tiene aún carta blanca para quedarse tumbado, inmóvil, paciente... En el colegio, podía disfrutar de dos o tres domingos de fútbol y transistor antes del primer madrugón; en el instituto, la cosa se disparaba a cuatro o cinco, un mes entero de preparación y puesta a punto.

Ahora, por supuesto, es otra cosa. Ahora podríamos calificar el 16 de septiembre como "el día de mierda" oficial, el de los sueños rotos. El día despertador si no fuera porque aún queda ese terrible 1 de octubre y el aún más terrible sábado en el que las tres serán las dos y las noches llegarán avasallando. Septiembre es más bien un agarrarse con las uñas al acantilado, el último tramo de tierra firme antes del baño de realidad. Un crescendo de atascos y colas en el supermercado. La realidad, viscosa, colándose por cualquier rendija.

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Hablando del instituto: este año hace veinticinco que empezamos el bachillerato. Algunos venían del Ramiro versión EGB y la mayoría veníamos de cualquier otro sitio. Sería un buen momento para celebrar algo. Las bodas de plata de nuestra adolescencia. Le he estado dando vueltas al tema durante mucho tiempo, pero la realidad es obstinada -muchos de mis compañeros se han tenido que ir a trabajar fuera de España- y mi miedo, atroz.

Estuve a punto de comentárselo a T. cuando la llamé para felicitarla por su cumpleaños pero al final no pude hablar con ella. Estaba convencido de que T. daría una buena medida de la viabilidad del proyecto y hay que entender el hecho de que no devolviera la llamada como una excelente evaluación de daños. Me duele seguir quedando con mis compañeros de colegio de vez en cuando y mantener esta relación gélida con los que fueron casi mis hermanos durante cuatro años, por muchos problemas familiares que tuviéramos.

No sé qué hicimos mal. Quiero decir, sé perfectamente todo lo que hicimos mal, o  muy mal incluso, pero no sé qué nos impide darnos cuenta de que no éramos más que unos críos condenados a hacer todo el daño del mundo. Quizá haya llegado la hora de perdonarse. Quizá haya llegado el momento de vencer el miedo o de romper el hielo, sin más, y darse un abrazo. Lo peor, lo realmente insoportable, sería que en realidad el miedo o el respeto o la distancia no jugaran aquí ningún papel sino que el problema fuera el desinterés. Algo parecido al olvido.

Pero no, no puede ser. Tienen que acordarse. Qué triste que yo fuera el único que sigue anclado en los noventa.

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El protagonista de "Chesil Beach" ha nacido en 1940. Su autor, Ian McEwan, en 1948. Me pregunto cómo sería escribir sobre alguien nacido en 1969. Creo que me resultaría imposible. Puede que el caso británico no sea como el español, es decir, que esos ocho años de diferencia trufados de dictadura no sean tan importantes si te has criado en el Londres de posguerra compartida. No lo sé. Puede también que no sea esa la cuestión, sino mi incapacidad para entender cómo vivió tal momento, tal canción, tal año, tal película alguien ocho años mayor que yo.

¡Qué sé yo lo que sería escuchar por primera vez el "Planet Telex" con veinticinco años y a qué vendría intentar ponerme en ese lugar!

Este mismo mes de julio, caminando por Málaga, Montano y yo recordábamos la Vuelta a España de 1990, los boletines de García, las discusiones nocturnas de los directores deportivos... yo tenía trece años, él tenía veinticuatro. Al parecer, lo vivimos todo con el mismo entusiasmo. Sin embargo, y aunque puedo explicar al detalle cómo entendía García, Giovanetti o Cabestany un preadolescente, me es imposible trasladar esas sensaciones a un hombre con su título universitario bajo el brazo.

McEwan no, Mc Ewan se va a 1962, a sus catorce años, a la calma que  precede a la tempestad Beatle, y cuenta la historia de un recién casado de 22 años valiéndose del contexto, del detalle, de tal disco o tal manifestación. Que él pueda hacerlo y yo no sea capaz supongo que dice algo de nuestras respectivas capacidades como novelistas...

... Aunque no sé si aquí estamos hablando de novelistas o de historiadores, que por mucho que se confunda no debería ser lo mismo.

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Empieza el Festival de San Sebastián. No estoy. Hay años en los que mi familia tiene que aguantar que desaparezca diez días y años en los que mi familia tiene que aguantar que me pase diez días quejándome y protestando en cada telediario. No tienen manera de acertar, vaya.

jueves, septiembre 15, 2016

Fariña, entre otras cosas



Las vacaciones fueron extrañas. Por módulos. Híbridas. Pasamos un mes en Moralzarzal pero los dos bajábamos a Madrid a trabajar en días alternos. El que no viajaba nunca era el Niño Bonito, aferrado a su rutina de toboganes, columpios y aceitunas con patatas en cualquier terraza. A finales de agosto nos fuimos a Girona para tener al menos una semana de intimidad al año. A muchos padres la idea les sorprende a la vez que les pone los dientes largos. Habrá casos y casos, pero en principio parece lo más sano del mundo.

En Girona buscábamos la Toscana de nuestra luna de miel y no la encontramos más que a intervalos, lo que nos obligó a modificar expectativas, algo que no se nos da precisamente bien. La base era un hotel de Llafranc junto a una playa superpoblada y las excursiones incluyeron L´Escala, sus maravillosas ruinas de Empuries, la zona de Peralada, la de Pals, la de las playas interminables de Tossa del Mar, Platja d´Aro y Blanes, con su Ruta Bolaño incluida, el vértice afrancesado de Cadaqués, Roses y el Cap de Creus y, para terminar, un día entero junto a los Pirineos, curvas y recurvas y monasterios románicos en cada esquina.

Demasiado sol, quizá. Demasiado verano. Nunca fui un hombre de veranos, más bien de otoños, de Siena a las ocho de la tarde de un mes de septiembre mientras el Barcelona se juega la liga en Vallecas. Decadencia.. En Girona, la decadencia la tienen muy bien racionada y eso es un acierto. Dalí, Duchamp y poco más. Lo justo y necesario, porque incluso las ruinas tienen vistas al mar. El último día cogimos un velero y visitamos calas, incluso nos bañamos en alguna de ellas.

Es un decir, la Chica Diploma se bañó, yo bajé las escaleras del velero, me metí en el agua, verifiqué que sigo sin saber nadar y me agarré al barco como un náufrago.

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También hubo tiempo para leer. Libros de amigos, que son los más peligrosos. Devoré en poco más de un viaje de AVE el "Nos vemos en esta vida o en la otra", de Manuel Jabois. Parece complicado entender que, teniendo en cuenta que hablamos de un escritor de moda y de un tema que no debería dejar nunca de interesarnos, el libro no parezca haber tenido la repercusión esperada. Es magnífico. Jabois se maneja bien en la complicidad casi alcohólica y mucho mejor en la distancia. Cuando combina ambas cosas, es sencillamente sublime.

Después llegó "Libre directo", de Pepe Albert de Paco. Es un "Hooligans ilustrados" adelantado a su época. Un año siguiendo al Espanyol y siguiéndose a sí mismo. La temporada 2002/03, si no me equivoco. Todo en Pepe es certero y emotivo, incluso los apartes. A "Libre directo" le pasa un poco como a los "Diarios" de Iñaki Uriarte: ganan con el tiempo. Ganan incluso en los comentarios precipitados porque están avalados por el contexto. No solo es un "así eran las cosas" sino un "así pensábamos que eran las cosas", que dice mucho más de nosotros. Lo contrario sería una triste hemeroteca condensada.

Por último, "Fariña", de Nacho Carretero. Cuando le escribí a Nacho para comentarle que había leído el libro no sabía qué decirle. No tenía nada original que aportar. Es un libro sencillamente prodigioso. En sus mejores momentos, una versión ampliada y exhaustiva de "Airbag". Contrabandistas, narcotraficantes, casinos y putas de lado a lado de la frontera. Políticos, alcaldías y yates en alta mar. "Fariña" es tan bueno como todo el mundo dice que es. Supongo que si le escribí fue porque muchas veces los escritores necesitamos eso: que alguien, una vez pasada la burbuja inicial, te confirme que todos tenían razón y que no era un mero espejismo: que has escrito un libro sensacional y puedes descansar tranquilo.

Alguien podría pensar que hablo bien de los libros porque conozco a los autores pero es mucho más sencillo que eso: conozco a los autores porque me gustaban sus libros de antes.

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Mediáticamente, lo de Diana Quer no podía acabar bien. Nos pilló en Girona, si no me equivoco, alguna de esas mañanas de preparativos, cremas solares a punto, repelentes de mosquitos, mapa con las carreteras marcadas, itinerario de pueblitos sobre un folio en blanco... Uno no va al programa de Ana Rosa ni a Espejo Público a pedir ayuda confiando en que se la vayan a dar. Cuando rozas esos programas, aun con la mejor fe del mundo, incluso dentro de la más absoluta desesperación, sabes que entras en el infierno. Pasas a ser Rosa Benito; tu hija, poco más que Chayo Mohedano.

En las primeras conexiones, el matrimonio aparecía unido y convencido de la necesidad de dar el paso a la televisión, esa enorme trituradora. Tres semanas más tarde, su divorcio copa portadas, la vida íntima de la niña -whatsapps incluidos- es comentada por los tres o cuatro depredadores de turno y sus fotos sirven de fondo sin pudor alguno, como un pase de diapositivas en bucle. Todo el mundo es culpable o sospechoso. Todo es un circo. El habitual grupo de carroñeros a la puerta de las urbanizaciones para asaltar a los visitantes.

Mientras tanto, la niña sigue sin aparecer. Era de esperar. Ni Susanna Griso ni Ana Rosa Quintana encuentran desaparecidos. Lo hacen la Guardia Civil y la Policía. Fuera de eso, más que dioses conviene esperar bárbaros.

miércoles, septiembre 14, 2016

Soy un preadolescente y nadie me comprende



En el sueño, estaba en Barcelona. Poco antes, había sonado el "Baby, I love your way" en la empalagosa versión de Big Mountain, seguramente un recuerdo de las tardes de Kiss FM en el coche de la Chica Diploma. La letra no era la misma. La letra decía algo así como "I had so many days" desde una nostalgia que parecía alegre. Caminaba por la ciudad pero sin tener bien claro qué buscaba, como Bono en un vídeo de los años ochenta. Pasaba por un instituto pero decidía no matricularme otra vez, ¿para qué, más de quince años después de acabar la universidad?

Era un sueño bonito y a la vez ansioso, un sueño de "¿y ahora qué?" mezclado con las obligaciones del pasado, entre las que la matriculación se ve que ocupaba un papel central. Después, me puse a buscar la sede de la COPE, por si seguía teniendo la sección aquella de las madrugadas. En mis sueños, a menudo, soy poco más que aquel hombre de "Memento" que amanecía abrazado a una botella sin saber siquiera si era de día o de noche o cuánto tiempo llevaba allí.

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Mañana en la guardería con el Niño Bonito. No lo está pasando bien y probablemente se me note a mí mucho más que a él. Los demás niños se le acercan para jugar pero él hace un gesto de molestia, como si no quisiera que nadie se le acercara, una especie de preadolescencia adelantadísima. Es fácil pensar que hasta cierto punto es como el padre -¿soñará el androide con ovejas eléctricas?- pero el padre no era así a esa edad o no se le recuerda de esa manera. Los mismos rizos, los mismos hoyuelos, el mismo caminar descompasado... pero un grado menos de alegría, un grado más de algo que parece ira aunque aún no sepamos contra qué.

La psicóloga dice que los dos años son una edad complicadísima. Ya verá cuando llegue a los treinta y nueve, le van a encantar. No gestiona las emociones, al parecer. De repente, lo tira todo al suelo y empieza a pegarme y al momento está dándome besitos y pidiéndome perdón. Los compañeros le miran con cierta perplejidad, como si viniera de muy lejos y hubiera cambiado por completo en solo un verano. Sus caras parecen decir algo como "tío, tú no eres el de antes" y probablemente tengan razón. Ellos tampoco lo son, pero lo disimulan con mucho más estilo.

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Dani Barranquero escribe un comentario en Facebook a mi artículo sobre el pasado US Open. Dice, textualmente: "Es un regalo leerte". Me parece una palabra emocionante, "regalo". Da la medida exacta del elogio sin que resulte presuntuoso, excesivo o inverosímil. Escribir de deporte da pocas decepciones y muchas alegrías, esto es así, y las alegrías suelen tener que ver con gente a la que le gustan de verdad la competición y sus perspectivas. Los que no ven más allá de su escudo suelen limitarse a hacer un mohín e irse a cualquier otro lado.

¿Por qué entonces esta manía de dejar de escribir de deporte? ¿Por qué este anunciar públicamente mi descontento en cada esquina? Puede, simplemente, que el deporte no dé para tanto. Puede, también, que resulte demasiado fácil: demasiadas alegrías para un hombre que maneja la alegría casi con tanta dificultad como su hijo de dos años. ¿Por qué no escribir de deporte si el deporte se puede entender como una metáfora constante del mundo? Supongo que el tema no tiene la culpa, que el problema es la restricción, todo lo que queda fuera del círculo.

Yo soy muy de mirar lo que queda fuera del círculo. La parte vacía del vaso, que diría un cursi. Luego llega Dani Barranquero y le da un poco de sentido a todo. En efecto, podría ser mucho peor, podría pasarme el día escribiendo sobre Rajoy y Sánchez y estoy convencido de que nadie lo agradecería. De ser algo, me consideraría un escritor de momentos. La música tiene los suyos -hablamos de alguien a quien se le cuela hasta Big Mountain en su subconsciente-, igual que la literatura o el cine, pero están ahí, a la vista de todo el mundo. Sacarle punta a un jugador de béisbol de los años treinta ya no es tan sencillo. O eso quiero creer, claro.

lunes, junio 27, 2016

¡Era el centro, estúpidos!



Poco antes de las elecciones del 20-D, para justificar la falta de acuerdo con IU, Pablo Iglesias afirmó aquello de que no tenía sentido hacer un frente popular de izquierdas, que eso ya había fracasado en España muchas veces, que si el PCE quería seguir enrollado en su Internacional y su Bandera Roja, que adelante, pero que no contaran con él... Que sí, que puede que todo eso formara parte de su bagaje político, pero que para formar país hace falta ser transversal, 15-M, escuchar a todos y un largo etcétera.

Tenía razón.

No sé qué mecanismo en su cabeza o en la de sus asesores se activó semanas antes del 26-J para pasar a defender todo lo contrario: la confluencia de fuerzas, la sonrisa del nuevo país, la nueva patria y todo ese rollo sentimentaloide errejoniano. Ha sido un rotundo fracaso porque se ha dado todo lo que Iglesias preveía: su unión ha movilizado a la derecha y ha decepcionado a su electorado del 20-D, buena parte del cual ha huido despavorido al PSOE, justo lo contrario de lo que él pensaba que iba a suceder porque sigue convencido de que su electorado vive en Salónica en vez de en Soria.

Los votantes de Podemos que creyeron en la transversalidad no repitieron voto. Los votantes de Izquierda Unida que apoyaron en su momento a Garzón ante los ataques furibundos del entorno de Podemos se sintieron probablemente traicionados. ¿Todo esto para acabar de la manita, con un número cinco en las listas por Madrid como premio? En total, un millón menos de votos entre los dos. Y lo peor, ya digo, es que sabían que esto iba a suceder, y aun así lo han hecho.

Ese espacio de centro se lo dejaron al PSOE y el PSOE lo recogió encantado. Le ha permitido sobrevivir. No es gran cosa porque 85 escaños es su nuevo suelo, el peor resultado de su historia... pero, lo dicho, ha sobrevivido y será clave en la oposición al presumible gobierno del Partido Popular. Durante meses se ha repetido aquello de "el votante del PSOE no va a perdonarle que no pactara con Podemos", pero es que el votante del PSOE del 20-D igual no quería tener nada que ver con Podemos. De lo contrario, ya hubiera votado a Podemos y prefirió votar a Sánchez, que ya es votar.

Entre el electorado que mantuvo en las zonas rurales de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas, más el ligero repunte en Madrid y Barcelona le ha valido al PSOE para al menos no dejarse votos en el camino y repetir en el 22%, cifra que casi nadie le daba. Incluso Ciudadanos ha aguantado bastante bien. Los problemas de la ley electoral y su reparto por circunscripción -nada que ver con la Ley D´Hondt- hace que con casi el mismo porcentaje caiga ocho escaños... pero su relevancia es mucho mayor. Sin Ciudadanos como socio, olvídense de un gobierno del PP. Y bien harán en saber jugar esas cartas.

Queda por último el gran vencedor. Sobran los juicios morales porque todos los conocemos: el PP ha ganado las elecciones después de seis meses sin hacer nada, con el peor candidato posible y con todo tipo de escándalos de corrupción alrededor. En Valencia ha crecido notablemente con todo su grupo municipal imputado. La euforia desbordada por los 135 escaños no debería ocultar una cosa: les vienen tiempos muy duros. Los demás tienen dos, tres o cuatro años, los que sean, para reformarse, reagruparse, saber lo que quieren y hacer oposición. El PP, no. Al menos si quiere seguir gobernando.

Si consigue sumar a Ciudadanos, a PNV y a CC tendrá 175 escaños para la investidura y determinadas leyes sueltas. Eso ya es mucho dar por hecho pero el problema es que los otros 175 los tiene marcadamente en contra. Supongo que al PSOE no le costará explicar a su electorado que, visto lo visto, repetir otras elecciones sería un desastre. No ya para el PSOE sino para el país, acercando de nuevo al PP a otra mayoría absoluta. Gobernar después del Brexit, con el desafío del parlamento de Cataluña sobre la mesa y la incógnita de qué pasará en el País Vasco en unos meses no es nada fácil cuando tienes a la mitad del hemiciclo sistemáticamente en contra.

Con todo, no quedará otra. Ya no hay más posibilidades: si el PSOE bloquea la investidura, tendremos otros seis meses de gobierno en funciones como adelanto de otro previsible triunfo del PP con aún mejores resultados. Sería un disparate. A la izquierda no le ha dado para gobernar pero gobernar no lo es todo en esta vida. Puede hacer una oposición fuerte y que ponga en aprietos a la derecha, sobre todo en el ámbito social. Convendría no desperdiciar esta oportunidad. No de nuevo. Se rechazó un gobierno de Sánchez porque no era "suficientemente de izquierdas" y al final el PP les ha pasado a todos por encima como una apisonadora.

Porque frente a la derecha está el centro, no la izquierda. No en este país y en este momento, al menos.