domingo, agosto 07, 2011

Vida de chalet III. La guerra que se acerca estallará mañana lunes por la tarde



La tarde de domingo en Moralzarzal tiene un aire de familia a la noche de agosto en la plaza de Olavide. La tranquilidad pequeñoburguesa de que todo va bien, en orden, sin estridencias, que cualquier horror, cualquier desastre no solo es indeseable sino imposible. En estos jardines se conciben las "manos invisibles".

Uno de mis primeros miedos, de niño, tenía que ver con el servicio militar. Me horrorizaba la idea de hacer el servicio militar -me horrorizaba tanto el hecho de tener que "hacerme un hombre" como la inmensa pérdida de tiempo que suponía en la distancia: un año de mi vida dedicado a un sargento y un cabo chusquero- y luego, algo mayor, me aterrorizó la idea de ser reclutado en algún momento para algún tipo de estallido bélico. Rozando los 35 creo que ha llegado ese momento en el que, o se ponen ya o la siguiente no me toca.

Probablemente seamos la primera generación en este país que, nunca, bajo ninguna circunstancia, ha sujetado un arma.

La guerra está presente en las crónicas pre-apocalípticas de los periódicos y las televisiones: en Tel-Aviv, en Tottenham, en las previsiones de los mercados asiáticos que abrirán en pocas horas. Todo el mundo se prepara para el gran desastre, el nuevo 1929, mientras yo estiro las piernas y termino la autobiografía de Peggy Guggenheim, que es poco más o menos como ver uno de esos documentales de Michael Jackson en los que se compra diez jarrones distintos por si acaso el que le gusta de verdad ya se lo ha comprado antes y no se acuerda.

151 páginas agotadoras.

Entre los recuerdos del chalet, aparte de los miedos están los pequeños triunfos, que siempre se dan en torno a la adolescencia. Uno de los mejores días de mi vida fue una tarde de sábado de julio en 1993, cuando conseguí que la Chica Langosta y A. se vinieran a comer y pasar la tarde con mi familia, hablando de la Alemania unificada y las recientes elecciones generales. Pedantes niños del Ramiro de Maeztu.

Observen en cambio, en la distancia, cómo cuento aquello. Fíjense en las palabras: "Conseguí que la Chica Langosta...", donde el verbo clave es "conseguí". Admiro la naturalidad con la que los demás son capaces de vivir sus éxitos o, más bien, su facilidad para no considerar una comida un éxito sino algo perfectamente lógico: ¿Quién no querría venir a comer conmigo y mi familia?, ¿dónde está exactamente esa batalla que has ganado? 

"No hace falta que te hagas el interesante, eres interesante", me dijo unos doce años después Hache, cuando también buscaba incorporarla a ella a mi vitrina de trofeos.

En fin, los días pasan y lo siguiente será acabar la novela y afrontar seguidos a Coetzee, Bellow y Amis, que son tres puertos de categoría especial a los que sé que solo me puedo enfrentar aquí, lejos de las expectativas. Creo que el problema no es que aquí la guerra o el derrumbe o el rescate... sean inconcebibles, es que nos son indiferentes. Hay algo en nuestras verjas y setos que nos separa de la realidad. Un escondite.

Obviamente, todo eso es falso y se hará muy evidente a partir del 9 de septiembre, cuando el pánico llegue a la calle Churruca. Mientras, la posibilidad del chalet es la posibilidad de la desaparición. Yo siempre soñé con desaparecer, a ser posible desaparecer acompañado, pero eso no dependía de mí, así que me limité a tomarme mi parte todo lo serio que pude y, en lo demás, confiar en el destino y la conversación sociopolítica de mi familia.