viernes, agosto 19, 2011

Vida de chalet XI. El odio


Y entonces el entrevistador, o mi hijo, o alguno de mis nietos si han heredado el gen melancólico, preguntará algo parecido a "¿Qué hacías tú en esa época?, ¿qué hacías mientras la gente se gritaba en los platós de televisión y exponían sus miserias y cada espectador pedía más y más carnaza, más y más odio?, ¿qué hacías mientras las bolsas se desplomaban, las deudas lo arrasaban todo, los líderes mundiales se miraban confundidos, desconfiados... cuando las calles de Chile, Israel, Madrid, Atenas, Siria, Egipto, Londres, Túnez, Marruecos o Libia se llenaban de chavales extendiendo su frustración, cada cual a su manera... los años de los desahucios, los ansiolíticos, los tsunamis, los escapes radiactivos...?"

El chico -o la chica- me mirará con asombro, el superviviente de aquellos tiempos tan horribles y a la vez -como sucede con todo tiempo horrible- tan estéticamente sugerentes. Seguirá preguntando por las cargas policiales mientras nuestra moneda desaparecía de los mercados, por las calles tomadas por fanáticos con Rosarios y banderas de las Cruzadas, los niños tiroteados en las islas, los puñetazos en los partidos de fútbol... Inevitablemente, se interesará por esa gran plataforma del odio que fue Twitter y tendrá que preguntarse, perplejo: "¿Qué hacías tú entonces, en medio de todo ese caos?"

Y yo tendría que contestarle: "Escribía. Escribía mucho, a todas horas. Alguna gente me tomaba en serio y otra, no. A mí me daba igual porque yo necesitaba escribir y todos mis personajes huían de algo. Era una época en la que la huida se había convertido en el principal tema. Desaparecer. La respuesta a la crisis fue la desaparición, echarse a un lado. Al menos esa fue mi salida. Escribía ficciones y analizaba realidades, sin importarme si eran deportivas, políticas, culturales o religiosas. Era una carrera sin vista atrás".

Pero no le bastará, querrá saber más, querrá saber si no nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando: los periódicos azuzando la violencia en sus portadas, las manifestaciones contradictorias, las porras, los tanques de agua, los tiros de los francotiradores, las tasas de suicidio juvenil, las autolesiones, los psiquiatras... Querrá saber si éramos conscientes de que aquello pasaría a la Historia o no... y entonces yo tendré que decirle que no, que en general no nos gustaba darnos mucha importancia. Podíamos pensar que la cosa no iba bien, pero siempre pensamos que la Historia, en general, era cosa de otros, vicios de otra época: pasada o futura..

No -le diré- yo subía en autobuses llenos de "peregrinos" y encendía un ordenador donde todo el mundo discutía y se deseaba enfermedades, muertes, veía repeticiones de gente pegándose y empujándose, números en rojo, caras de pánico... pero mi única reacción era subirme a la habitación y leer a Bellow, leer a Amis, leer a Coetzee. Eso era todo. Y, claro, él -o ella- no lo entenderá, porque para él o para ella, con 30-40 años de distancia, aquella segunda década del siglo XXI le aparecerá dentro de una lógica apabullante, como algo que pasó porque no tenía más remedio que pasar. Incluso, puede ser, sus preguntas ansiosas tengan como verdadero motivo el aburrimiento: el aburrimiento de la sociedad de 2050, todo tan establecido, tan pacífico, tan tranquilo.

Se considerará miembro de una generación perdida y mirará a su padre, a su abuelo, con una cierta admiración porque él vivió en los tiempos donde todo estuvo a punto de irse a la mierda y el padre, el abuelo, se limitará a hablar de Scott Fitzgerald, de Judt, de sus distintas novelas desesperadas y de alineaciones de equipos de fútbol, muchas alineaciones, entonadas como un mecanismo de defensa, sin reparar en más preguntas, porque la respuesta siempre sería que no, que en realidad nos perdíamos en los detalles y tratábamos de salvar los muebles. Nuestros muebles.

Que siempre había una rueda de prensa o una nueva serie a la que engancharnos y olvidarlo todo. La ficción era nuestra droga entonces, y le tendré que pedir, por favor, que no me trate como un héroe. "Nunca quise ser un héroe", diré, "yo me tumbaba en la cama y leía a Uribe, a Navarro, a Fresán, a Palahniuk, a De Lillo... eso era todo lo que hacía. Y entrevistaba a mucha gente, como otro mecanismo de defensa, pero nunca hablábamos de lo que realmente importaba".

Tendrá que creérselo. Asumir que había un enorme elefante en la habitación pero ninguno queríamos mencionar el tema y hacíamos lo posible simplemente por esquivarlo, sin importarnos siquiera quién le daba de comer para hacerlo cada día más grande, más robusto, más inevitable.