domingo, octubre 09, 2011

Los otros niños prodigio


Al principio, el niño prodigio solo eres tú. El talentoso. El extraño. El enano al que sus padres y abuelos miran con admiración, sus compañeros de clase llaman "filósofo" y las chicas imaginan como un excelente compañero quizás en 15-20 años, cuando se haya establecido en algo y no ande picando en todas las flores. El futuro es tuyo y eres el mejor, la gran promesa, tienes la sensación de que todo el mundo cree en ti. Tú desde luego crees en ti. Tú te lees y te gustas y a veces incluso te atreves a escucharte y si no te aplaudes es por una cuestión de decoro.

Eso es al principio. Con los años descubres que hay cientos de niños prodigio como tú y que la mayoría han crecido muy deprisa, mucho más deprisa de lo que te gustaría. Son algo parecido a tu generación pero no tienes del todo puntos donde compararte. Ves que son buenos, que a menudo son mejores que tú. Que casi siempre son mejores que tú, de hecho. Ahí empiezan las inseguridades, ahí empieza el querer ser otro, la mirada puesta en el talento ajeno y el desprecio absoluto, cada vez más constante, más cruel, del propio. La sensación de que en el fondo no eres digno, de que no perteneces.

Piensas que igual que las chicas aplazaron su amor 15-20 años para ver qué pasaba, las editoriales y los periódicos harán lo mismo ahora y eso te dejará en los 55, dando clases de inglés en centros culturales y viviendo vidas de detectives salvajes.

Miras a tu alrededor, a "los tuyos", y los envidias, es inevitable. Te gustaría tener el don de gentes de Diego Salazar, su capacidad para encontrar soluciones rápidas a los problemas, enfrascarse en mil aventuras y llevarlas con éxito. La vitalidad de Diego Salazar en Madrid o en Barcelona, su valor. Si tengo que quedarme con algo de Diego no sería solo su talento o sus infinitas lecturas sino sobre todo su valor. Sin valor, Pinker no sirve de nada.

Lees a Jabois y sientes que estás en otro plano. Sientes que Jabois es el futuro y que de repente todo el mundo se ha dado cuenta y no tienes nada que oponer al respecto. Donde Salazar es el valor, Jabois es el ingenio, la palabra exacta, el descubrimiento, la vuelta de tuerca sin ínfulas. Admiro de Jabois su capacidad para asombrar cada día y no dar nunca la sensación de que quiere asombrarte, simplemente pasaba por allí y como había que hacer tiempo se puso a contarte una historia.

No son los únicos, claro... La primera lectura de Willy Uribe, su prosa directa, clara, sus personajes definidos y sin pretensiones, su habilidad para el misterio psicológico. Literatura. La capacidad de análisis de Pepe Albert de Paco, incluso la tristeza de Pepe Albert de Paco. Pepe sabe luchar si hay que luchar y no mide el enemigo. Pepe me gusta cuando filtra y me gusta cuando no filtra. Pepe sabe incluso cuándo derrumbarse y es la suya una derrota estética, una derrota de boxeador sonado que se niega a caer al suelo. Pepe no es un periodista, es un periódico. Toda su cabeza es un periódico, un titular, una entradilla, una sección, una columna, una corresponsalía...

Los chicos Factual, supongo. No conozco mucho más allá. La ironía de Montano, su estupendismo nietzscheano, ese convencimiento de que nada que le puedas decir va a impedir que él escriba como le dé la gana; la escritura insomne de Hughes_Hu, que pareciera que redacta siempre envuelto en una duermevela creativa, a veces informe, dándole estilo a lo frívolo, dándole estilo a lo que no tiene estilo. No sé, son tantos... Matías Candeira hablando de mapaches y dinosaurios, con sus altos y sus bajos pero su resistencia firme, como un montañista que puede acampar de vez en cuando pero no se despega de la montaña, María Zaragoza, un nuevo descubrimiento, una voz que no sé si pretende ser propia -pocas cosas más sobrevaloradas que la voz propia- pero desde luego resulta clara.

María a veces quiere seducirte, pero la mayoría de las veces lo que quiere es acompañarte, sin más, porque sabe que un lector, en esencia, no es más que un hombre muy solo.

Me dejo nombres, seguro que alguno muy querido y muy admirado. No sé. Lara Moreno, desde luego, la pausa de Coradino Vega, la sobriedad de Elvira Navarro, Andrés Barba... Sólo quería decir que me abruma. Que antes estaba yo solo: el universo era yo, el futuro era yo, el talento era el mío. Y que ahora no, y uno no sabe dónde colocarse, incluso cuando los demás me intentan colocar arriba, para que no me venga abajo, yo me siento ajeno a todo ello, como si no me lo terminara de creer, como si yo no fuera yo. La melancolía de mí mismo. Quizá si todos ellos tuvieran que admirar algo mío, el hombre que vuela siempre bajo el radar, sin hacer ruido, sería mi melancolía.

No lo sé, claro, es decir, no puedo estar seguro. Pregúntenselo a ellos a ver qué les dicen.