jueves, diciembre 06, 2012

El último baile de Michael Laudrup


 
El inicio lo saben. Todas las leyendas mil veces contadas. El jugador talentoso que deslumbrara en el Bröndby de los primeros 80 hasta que la Lazio y luego la Juventus se fijaron en él y lo ficharon para poder culparle de cada derrota ante Nápoles o Milan. El fichaje por el Barcelona en 1989, las primeras dudas, sus problemas para aclimatarse al nuevo sistema de Cruyff, que bien le metía en banda izquierda, bien le dejaba de falso nueve, bien le ponía de media punta detrás del Bakero, Salinas o Romario de turno para buscar los espacios.
 
Se saben de memoria lo de las cuatro ligas y la Copa de Europa que ganó en el Camp Nou y cómo sus disputas con Cruyff le llevaron al Real Madrid de Jorge Valdano, un Madrid que llevaba demasiados años a la sombra del rodillo azulgrana y que quería sacarse de encima el 5-0 del año pasado con un 5-0 igual de humillante, que hundiera de una vez por todas ese “Dream Team” de las narices. Seguro que recuerdan el hambre de Laudrup en ese partido. El hambre que no se sació hasta llegar al quinto gol, como si en vez de colaborar en la afrenta perpetrada por Romario en 1994 la hubiera sufrido en sus carnes.
 
Al final del partido, Cruyff le elogió públicamente: “Hoy, Michael ha demostrado que tiene el instinto competitivo que otros de mis jugadores han perdido”.
 
Se acuerdan de todo aquel año, claro que sí: su conexión con Amavisca y Zamorano, su clase infinita, sus goles esporádicos pero carne de repetición constante. El título de liga a los 31 años, por entonces una edad sospechosa, y la confianza en que aquel ciclo duraría otros cuatro o cinco años, con Hierro como mediocampista llegador, Redondo dominando los partidos, Buyo aún preparado para unas cuantas “palomitas” cara al espectador, el imberbe Raúl deslumbrando en su adolescencia.
 
Pero seguro que también recuerdan el eclipse: las derrotas contra el Valladolid, el Rayo, el Espanyol, el Oviedo… el público silbando, Mendoza muerto de miedo amenazando con convocar unas elecciones que derivarían en una simple dimisión con Golpe de Estado incluido de Lorenzo Sanz, el segundo de a bordo —Dos pelotas y un balón, escribiría posteriormente el socarrón Mendoza, antes de morir de un infarto disfrutando de la vida—. Con Lorenzo Sanz, el cambio de entrenador: Arsenio Iglesias, que venía de tres años gloriosos en el Deportivo de la Coruña, enfrentado a sus 65 años con un montón de chavales rotos en pequeños grupos, conscientes de que su futuro en el Madrid había acabado. Un grupo ingobernable.
 
Mientras, Laudrup silbando. Laudrup, apurando sus últimos minutos de blanco, los últimos de gloria según sus cuentas, 32 años cumplidos y unas ganas de salir de los focos que no podía con ellas: había reflotado al Barcelona, había reflotado al Real Madrid, ya iba siendo hora de que el fútbol pudiera ir viviendo sin él y él pudiera hacerse sus millones en algún retiro dorado de la época: el Celaya de Michel y Butragueño o cualquier otro lado, el Vissel Kobe japonés, por ejemplo. Un lugar sin exigencias, donde disfrutar con la familia del exotismo capitalista, como Bill Murray y Scarlett Johansson, cantando quizá More than this en algún karaoke.
 
Su despedida del Bernabéu llegó en la jornada 41, aquellas temporadas eternas de partidos en Antena 3 y manifestaciones en la calle para que los equipos no descendieran y para que alguien, fuera quien fuera, Hacienda o la Comunidad Autónoma o el Estado, financiaran el pan y el circo local. Fue un partido intrascendente contra el Mérida porque el Madrid ya se había asegurado la UEFA y no aspiraba a nada más: Laudrup jugó el partido entero, como lo hizo Míchel, que se marchó definitivamente del Bernabéu con dos goles y unas ganas de gritar “Me lo merezco” que no le cabían en el pecho. Los otros dos goleadores fueron dos canteranos: Raúl e Iván Pérez, el hermano de Alfonso, que por entonces triunfaba en el Betis. Laudrup podía irse tranquilo, en su lugar llegaban los Suker, Mijatovic y compañía. Depredadores al mando de Capello.
 
Los dos años en Japón le mantuvieron al margen de todo. Nadie esperaba que volviera. Butragueño no volvió de México, Zico no volvió de Japón. Schilacci seguía por ahí goleando como si no hubiera un mañana… Japón, Estados Unidos, Qatar, México… son ligas concebidas como agujeros negros, dispuestos a comerse las últimas energías de las estrellas europeas, tragarse todo su brillo y devolverlas avejentadas, algo entradas en kilos, preparadas para coger un micrófono y comentar el siguiente partido desde cualquier cabina donde paguen bien, lo suficiente para que al Ferrari no le falte gasolina para unos cuantos años.
 
Lo curioso de Laudrup es que el danés sí que volvió. Con 34 años y a un club que le venía como un guante: el Ajax de Amsterdam, el mismo equipo donde se retiraría dos años después su hermano Brian. Michael no estaba para exhibiciones pero sí era competitivo dentro de una plantilla desmantelada a partes iguales por el Milan de Berlusconi y el Barcelona de Van Gaal. En aquel Ajax ya no estaban Overmars ni Finidi ni Kluivert ni Seedorf ni Davids ni Reiziger ni Bogarde… Después de la Champions del 95, la final del 96 y las semifinales del 97, el equipo seguía siendo dominante en Holanda pero le costaba triunfar más allá de sus fronteras.
 
Laudrup no llegó para marcar distancias sino para ayudar a los jovencitos: los Arveladze, Babangida, McCarthy, el talentosísimo Dani… Pese a tener un rol algo secundario, su año fue magnífico: ganó la liga jugando 21 partidos y marcando 11 goles, su mejor registro desde que en 1992 marcara 13 con el Barcelona, en el apogeo de su carrera. La guinda final llegó en el mítico De Kuip, cancha del Feyenoord, eterno rival del Ajax. Ahí se disputaba la final de la Amstel Cup, ahora KNVB Beker, es decir, la Copa de Holanda. Enfrente, el PSV Eindhoven, rival de finales de los 80, cuando Hiddink y Beenhakker luchaban por dominar la escena futbolística holandesa y mundial.
 
Michael salió de titular y dio una auténtica lección durante 70 minutos, combinando a la perfección con Litmanen, la estrella indiscutible de aquel grupo. Con 3-0 ya en el marcador, su compatriota Morten Olsen, el mismo que lo convirtiera en figura en los 80, decidió cambiarlo para que recibiera su última ovación como jugador de club. El partido acabaría 5-0, un doblete para acabar su carrera, como hizo en su momento Johan Cruyff, aquel cuyo nombre le unía y le enfrentaba a partes iguales.
Laudrup anunció su retirada definitiva a los 34 años y después de 17 como profesional en primera división. Una barbaridad. Antes de cerrar el telón le quedaba sacarse la última espinita clavada: el Mundial de 1998 con la selección danesa.
 
La Dinamarca que nadie se esperaba
 
Michael había sido el segundo jugador más joven en debutar con Dinamarca, allá por 1982, con 18 años recién cumplidos. Su estallido se produjo en la Eurocopa de 1984 y maravilló a todos con su habilidad para el regate y el pase en México 1986, antes de que Butragueño y sus cuatro goles de Querétaro le mandaran a casa antes de tiempo. Lo que vino después no fue agradable: Dinamarca se clasificó para la Eurocopa de 1988 pero su rendimiento fue bajísimo, pese a dos goles de su estrella.
 
En 1990, ni siquiera se clasificó para el Mundial y cuando llevaban tres partidos de clasificación para la Eurocopa de 1992, el mágico mediocampista decidió que suficiente tenía con aguantar a Cruyff día a día como para encima tener que tragarse las broncas y exigencias de Möller-Nielsen en los ratos libres. En una estampida que le costaría las críticas de sus compatriotas durante algún tiempo, Michael y su hermano Brian se marcharon de la concentración junto a Jan Molby, probablemente la otra estrella del equipo.
 
Dinamarca no consiguió clasificarse, pero la guerra de Yugoslavia y la sanción al equipo balcánico le abrieron una puerta de atrás cuando ya estaban todos sus jugadores de veraneo. Brian decidió volver y liderar al equipo a una insospechada victoria ante Alemania en la final, con un Peter Schmeichel portentoso. Michael se quedó en casa. Dieciséis años jugando para tu selección y el único título te pilla frente a la tele.
 
En agosto de 1993 hizo las paces con el seleccionador pero España le volvió a cortar el camino —en concreto Bakero se lo cortó a Schmeichel para que Hierro marcara— al Mundial del 94 y hubo que esperar cuatro largos años más para volver a ver a los dos hermanos Laudrup compitiendo por todo lo alto. Su último torneo juntos. Dinamarca era una selección ajada y sin esperanzas, pero quiso despedirse a lo grande: en la primera ronda, aprovechó un grupo muy débil para vencer a Arabia Saudí, empatar con Sudáfrica y colarse como segundo en octavos de final. Algo más de lo que consiguió la España de Clemente, por poner un ejemplo.
 
En el cruce le tocó precisamente Nigeria, que venía de ganar a los españoles y presentaba un equipo temible encabezado por los Oliseh, Finidi, Babangida, Yekini, Babayaro, Okocha… Los africanos no tenían ni idea de la exhibición que le tenían preparada los hermanos Laudrup. A los doce minutos, los daneses ya ganaban 2-0 y llegaron a poner el 4-0 en el marcador tras un pase espectacular, marca de la casa, de Michael Laudrup a Ebbe Sand: después de deshacerse de dos defensores nigerianos, el ex de Barcelona y Real Madrid mira hacia la grada y con el exterior del pie bombea la pelota hacia el desmarque de su compañero en la otra dirección, como si aquello fuera El Sadar y Sand fuera Romario. El público enloquece. Los daneses enloquecen. Dinamarca está en cuartos de final y su rival será Brasil.

¿Cuáles son las posibilidades de Dinamarca ante la Brasil de Ronaldo, Rivaldo, Denilson, Roberto Carlos, Cafú, Bebeto y compañía? Todo el mundo está de acuerdo: ninguna. El equipo brasileño es un rodillo desde que se bajó del avión para rodar el anuncio de Nike a ritmo de Mais que nada. El 3 de julio de 1998, en el Estadio de la Beaujoire en Nantes, y con arbitraje del egipcio Al-Ghandour, todo se prepara para el último partido de Michael Laudrup. Su último baile sobre un campo de fútbol. La confianza brasileña es tal que a los dos minutos Jorgensen les pilla por sorpresa y pone patas arriba el Mundial.
 
No duraría mucho la alegría: Bebeto empata en el minuto 11 y Rivaldo adelanta a Brasil pocos minutos después. Eso no quiere decir que Dinamarca se vaya a rendir. Todo lo contrario. Bo Johansson, el seleccionador de origen sueco, mete en el campo a Tofting para darle la vuelta al partido y en otro despiste de los brasileños, de nuevo dormidos en los laureles, ese motorcito que era Brian Laudrup marca el empate tras un error descomunal de Roberto Carlos, que intenta despejar con una tijereta en área propia. Brasil se lanza con todo a por la victoria y los minutos no pasan en balde para una selección danesa ya muy cansada, muy azotada por los años y que se defiende solo con oficio, la pausa de Michael y la verticalidad incansable de Brian.
 
El muro resiste solo nueve minutos más, lo que tarda Rivaldo en inventarse el 3-2 con un disparo lejanísimo, raso, a una velocidad improbable, que se cuela justo pegado al palo de Schmeichel. Sí, los daneses han caído. Michael Laudrup ha caído y se retira con el brazalete de capitán en las manos. Todos los brasileños quieren intercambiar camisetas con él y así se despide del estadio y del fútbol, rodeado de los mejores, como debe ser, sabedor de que, en la derrota, su leyenda se agrandaba incluso un poquito más.

Artículo publicado originalmente en la revista JotDown dentro de la sección "El último baile"