viernes, julio 24, 2015

Cuando el Partido Popular decidió convertirse en Podemos



Lo más curioso de la reforma electoral del Partido Popular es que pretende acabar con la democracia representativa en favor del líder carismático. Muy chavista todo. El candidato más votado por encima de su pleno de ayuntamiento o su parlamento autonómico. La imposibilidad de una oposición parlamentaria, el fin del parlamento como tal. Lo que molesta al Partido Popular, al parecer, es precisamente que se hable, se negocie y se pacte. Hay cosas que son la esencia de la democracia los días pares y la gran rémora de la democracia los impares.

Con todo, es una reforma que puede funcionar en España, un país desde siempre harto de los políticos y con unas ganas locas de acción directa. ¿Qué más directo que escoger al alcalde por aclamación sin oscuros contubernios detrás? El Partido Popular pide, en definitiva, que se acabe con los partidos políticos, como esos mensajes del Inspector Gadget que se autodestruían nada más leerlos. Con la muerte de los partidos políticos en favor de los populismos, obviamente caería el llamado Régimen del 78 y la Cultura de la Transición y todo ese rollo.

¿Qué me parece a mí? Atroz, por supuesto, pero a la vez divertido. Lo poco que ha tardado el PP en convertirse en Podemos es cómico. Ni siquiera en Podemos sensu stricto sino en la caricatura que ellos mismos han hecho de Podemos. Hay cosas que si hacen los demás son golpes de estado y si las hace uno mismo son reformas que pide el pueblo. Supongo que siempre ha sido así pero me sorprende la tranquilidad con la que los analistas tragan con estas historias. Claro que tantos años tragando para vomitar ahora es un poco tontería.

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Los homenajes a Saza ya se hicieron en vida así que insistir sería redundante. Quedémonos con lo único bueno de su muerte, que ha sido la emisión inmediata de "La escopeta nacional" en La 2 de TVE. Todo en esa película es maravilloso y a la vez triste en la distancia: como diría Beatriz Sanchís, "todos están muertos". Esos planos secuencia de Berlanga, esa ironía de Azcona, la sonrisa inimitable de Saza -quizá el mayor éxito de Cuerda en "Amanece que no es poco" fue inmortalizar a un Sazatornil serio, de orden-, los enfados de Agustín González, la lealtad de Luis Ciges, la bonhomía de Antonio Ferrandis, la lujuria disparatada de José Luis López-Vázquez y por supuesto la elegancia decadente de Luis Escobar. Lo dicho, todos muertos, y aun así nos dan la mejor hora y media de lo que va de año televisivo.

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En la conversación aparece Marta, la chica de la que recuerdo hasta su número de teléfono del barrio de Aluche. Nunca le he hablado de Marta y la Chica Diploma se espera otro de mis largos flash-backs, pero no, la historia de Marta pilla demasiado lejos y es demasiado habitual: chico conoce a chica y flirtea con ella en bar de Malasaña, chica se muestra interesada como en aquella canción de Paul Simon: "She looked me over and I guess she thought I was alright... alright in a sort of a limited way for an off-night", unos cuantos besos en la calle Velarde, un paseo por Malasaña cogidos de la mano y un inmediato desinterés mutuo antes incluso de llegar a la parada del búho, donde ir a pasar el resto de la noche juntos a su casa queda completamente descartado.

De quedarme con algo de la historia, me quedaría con el contexto: aquella Malasaña, aquellos amigos de Marta, aquel insólito bar que era el Baroja, aquella hija de presidente de gobierno con sus escoltas, aquella máquina del Tetris en el Mission Claimd con la que me entretenía mientras ella intentaba besarme y sonaba "Disco 2000" de Pulp. El mismo Mission Claimd, como concepto. Me quedaría incluso con el epílogo, porque los epílogos, a diferencia de los prólogos, son lo mejor de las novelas: cuando fui a recogerla a su facultad solo para poder volver con ella en tren y que nos dijéramos lo poco que nos necesitábamos y cuando jugamos con fuego en aquella fiesta de psicología, cuando yo era un hombre ya casi casado.

Todo eso me lo quedo para mí, de hecho me quedo hasta el nombre porque al principio no lo recuerdo. A cambio, le cuento otra vez cómo empezó aquel verano -los primeros capítulos también pueden ser interesantes- y lo de la Chica Langosta en Londres dando vueltas por Hyde Park buscando un hotel mientras A. esperaba en casa de sus tíos. De A. no hablamos porque no me atrevo, se lo digo así de claro. "No me atrevo". Ni en público ni en privado. Ya tiene que ser alguien importante en tu vida para que se escape de todos tus cotilleos. Ni que fuera un trineo y se llamara "Rosebud".